martes, 2 de diciembre de 2008

Miedo fugaz, miedo eterno...

Padua, marzo de 1763.
El padre Antonioni era de costumbres rutinarias. Cuando el primero de los gallos cacareaba extasiado, era el momento de volver al vulgo y dar gracias a Dios por la concesión de un día más para alcanzar la salvación eterna.
Al segundo llamamiento, común era que aquel bonachón Jesuita iniciara los primeros maitines crepusculares. Para Antonioni, éste era, sin lugar a dudas, el mejor momento del día. En posición sedente, con las manos entrecruzadas en estado reflexivo, casi extasiado, Antonioni se comunicaba con el Creador.
Haciendo gala de un lenguaje cultivado y erudito -cosecha ignaciana-, aquel toscano de alcurnia, cuarto de cinco vástagos con futuro prometedor, elevaba sus oraciones a la eternidad con la esperanza de renovar su fe. Era entonces, y sólo entonces, cuando el tercer cacareo -ya no tan madrugador- del último de los gallos adormecidos hacía acto de presencia: bienvenido al mundo, Padre Antonioni.
Padua, arropada por los ríos Brenta y Bacchiglione, era la típica villa italiana de aspecto rudo y agreste. El agua, como recurso vital básico para la supervivencia de la grey, alimentaba los numerosos molinos esparcidos a lo ancho y largo de toda la plaza. Los patavinos desconocían el significado de palabras como capital cerrado o producción doméstica, pero sabían cuidar del único recurso que les ayudaba a mantener con vida a la prole; la tosquedad se imponía victoriosa a la inteligencia; eran otros tiempos, sin duda. De nuevo el agua, como en tantos y tantos lugares y momentos de la historia, se convertía en protagonista de los éxitos y fracasos de una comunidad humana. Que abundaran agoreros profetizando, a cada estación, la ausencia de lluvias era pues algo lógico: a nadie gusta no poder disfrutar del premio ajeno; siempre resulta mejor inutilizar su influencia. Con buenas dosis de fe y un par de rogativas, Padua volvía a sonreír. Eran tiempos extraños.

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