miércoles, 17 de diciembre de 2008

Miedo (IX)

La parálisis del sacerdote parecía ya irreversible. Cuando Gigi se despidió con gesto entre reverencial y asustadizo, la sacristía de San Antonio quedó en silencio, con las goteras de la bóveda de crucería como sonido de fondo, y el griterío ensordecedor de la chiquillería recorriendo a toda prisa las calles del atardecer patavino. Sin embargo, Antonioni, con dificultades para recuperar cuerpo y alma ante el choque de las palabras finales de Giancarlo, parecía una cariatide sosteniendo el peso de una gran culpa. Aquel receptáculo, que Antonioni sostenía ahora entre sus temblorosas manos, había impulsado a un joven de quince años a desafiar el mandato divino, y sin embargo, su alegato final no hizo sino justificar de buen grado el motivo que impulsara tales actos.
Antonioni volvió a depositar su mirada en aquel receptáculo. Recordó entonces aquella inscripción, las palabras de Gigi, sus miedos, sus deseos, sus esperanzas…
Felipo Menzano recuperó la suya una vez sujetara con fuerza aquel recipiente a penas dos días atrás. Su contacto en Castilla, cuyo nombre Gigi no quiso revelar, había logrado con maestría hacer llegar a sus manos uno de los secretos mejor guardados en la Octava Partida de Alfonso X. ¿Miedo? ¡Cómo no podía tenerlo!
Gigi, preocupado por la situación que atravesaba su familia, logró ocultarse en la despensilla del despacho de su padre, como esperando que algún acontecimiento inesperado diera con el por qué de la frialdad afilada que atravesaba el rostro de su progenitor. De repente, y sin a penas esperarlo, Felipe Menzano y su contacto castellano hicieron acto de presencia en aquella amplia estancia, decorada con vanos renacentistas y esculturas eclécticas, casi oníricas. Gigi le contó a Antonioni todo lo que recordaba haber escuchado aquella tarde de delator improvisado. Aquel hombre puso al día a su padre de la situación que atravesaba la secta en el reino de España, le habló de lo debilitada que se encontraba la situación de la Inquisición, del momento dulce que pasaba el libre contacto entre miembros, de lo fácil que resultaba organizar cenáculos y no despertar sospecha alguna entre los familiares de la Inquisición…!Y culpan al jesuitismo!, pensó Antonioni. !Quién engaña a quién!...
Finalmente, y tras un breve repaso al estado de las cosas, y siempre según Giancarlo, el asunto se desvió a un espinoso tema central. Aquel hombre de voz áspera y renqueante no venía sino a hacer un último negocio con Felipo Menzano, un trato que compensaría los esfuerzos de ambos. Por un lado, abriría las puertas de Padua a la secta pagana. Por el otro, haría realidad el sueño de Felipe Menzano.
A esto el padre Antonioni no tuvo siquiera que deducir nimiamente cuál era dicho deseo: encontrar a Querenini y acabar con su miserable existencia terrena...

martes, 16 de diciembre de 2008

Miedo (VIII)

-Al descubrir la treta que Querenini había organizado, mi padre se sintió desesperado.
-¡Eso no es excusa!, recusó el toscano.
Gigi, sorprendentemente, salió en defensa de su progenitor...
-Usted no lo entiende, padre. No sabe lo que es tener miedo…
¿Miedo?, pensó Antonioni. ¿Qué era sino miedo lo que venía impulsando sus actos en los últimos meses? Ciertamente, Antonioni no había sentido otra cosa desde hacía tiempo. Casi no recordaba lo que era no vivir con aquel sentimiento bajo el hábito…Antonioni, sorprendentemente, lejos de sentirse ofendido con aquellas palabras, recobró la postura enternecedora con la que había recibido a Gigi casi dos horas antes…
El cura negro miró por el amplio ventanal de la sacristía de San Antonio. El sol cedía derrotado una vez más. La noche se acercaba, y Gigi, contemplando la serenidad que inundaba por momentos el rostro de su confesor, decidió ir poniendo fin al relato de los hechos que le habían traído bajo su tutela.
-¿Recuerda esto?
Gigi volvió a escudriñar en su sayo. Aquel perfumario, que Antonioni casi ni recordaba, volvió a perturbar el resto del toscano. ¡Qué Dios me perdone!, pensó. No en vano, el principal motivo que había llevado a Giancarlo a disponer de su presencia no había sido sino un incumplimiento claro del dogma católico: ¡Gigi había robado!, el séptimo mandamiento había sido negado a los ojos de Dios, y sin embargo, Antonioni a penas le había dado importancia a un hecho que sin duda la tenía. Aquel recipiente, aquel mensaje, aquella herejía… ¿Y si Gigi jugaba al despiste para lograr el perdón sin pasar siquiera por el confesionario? ¿Y si todo aquello que contaba no era sino una absurda narración improvisada? ¿Una octava partida? ¿Herejías?...
Dudas, sobre todo, dudas…
-Padre, ¿qué le ocurre? Indagó Giancarlo.
-Verás hijo, suspiró Antonioni. Entiende que se me haga difícil digerir todo lo que me has venido contando. De hecho…
-No me cree ¿verdad?, interrumpió el joven.
-Sinceramente, me cuesta estragos…
No era para nada incierto. El padre Antonioni divagaba, casi inerte, por el angosto espacio que separaba la alacena del dispensario de la sacristía de San Antonio. Parecía nervioso, atribulado, la cara descompuesta en un gesto casi imposible, demencial…inoperante. Miraba a Gigi de cuando en cuando, lo examinaba de arriba abajo, cual galeno en prácticas carentes de experiencia previa. Mientras, el joven, más rojizo si cabe, sostenía aquel perfumario, en silencio, temblando…
De repente, Gigi cambió el rumbo de la historia de aquel momento...
-¿Ha pensado alguna vez en lograr aquello que más desea? ¿Y si esa capacidad fuera posible? ¿Escogería su rumbo aún pudiendo no servir para nada?

¿Un rumbo? pensó Antonioni para sus adentros. ¿Y quién no?

jueves, 11 de diciembre de 2008

Miedo (VII)

-Mi padre logró descifrar parte de estos mensajes ocultos.
Al decir esto, Gigi inclinó la cabeza en señal de vergüenza ajena. Antonioni aún no lograba entender el por qué de dicha actitud. Pronto, sin embargo, lo averiguaría. -Al parecer, continuó Gigi, las Siete Partidas son un texto herético, pagano para más señas. El sentido filosófico de las palabras allí contenidas va más allá de la lógica teológica actual. Mi padre descubrió la herejía oculta entre sus páginas, pero no denunció su contenido…
El padre Antonioni se vio paralizado por la sinrazón de las palabras de Giancarlo. Felipo Menzano, feligrés por excelencia, atormentado visitante de confesionario, había descubierto una herejía oculta en un cuerpo doctrinal castellano del siglo XII, y sin embargo, no había procedido a denunciar la evidencia ante la Santa Inquisión Romana. ¿Pero por qué? ¿Qué sino el miedo pudo impulsar a alguien como Felipo a sellar sus labios? Gigi se interpuso en sus disquisiciones…
-Mi padre descubrió una octava partida.
- ¿Cómo? Dudó Antonioni.
-Fue en uno de sus viajes a Castilla. Al parecer, un contacto en Valladolid, cuyo nombre mi padre nunca quiso desvelar, puso en sus manos aquel texto, cuya existencia, mi padre siempre quiso pensar incierta…
-Y, sin embargo, se equivocaba. Concluyó Giancarlo.
Antonioni se apresuró a interrogar a Gigi sobre el contenido de aquella octava partida. Al parecer, se trataba de un texto alquímico, redactado por nigromantes seguidores de la herejía pagana, y muy cercanos al rey Alfonso X, quienes habían procedido a redactar aquella inmundicia. El rey Alfonso, llamado el Sabio por sus vastos conocimientos en campos como la historia, la literatura y las leyes, tenía una única obsesión: unificar los diferentes reinos castellanos para lograr su supremacía en la Península Ibérica. Al comprobar que con las armas no era suficiente, y cegado por la influencia de la fe pagana, que en secreto practicaba, el Sabio mandó redactar una octava cuarteta que recogiera los secretos alquímicos necesarios para lograr sus objetivos.
-Cuando la cuarteta llegó a manos de mi padre, continuó Giancarlo, su carácter, antes afable, cambió por completo. Se encerró en sí mismo, bajo una máscara de carnaval veneciano. La oposición de mi madre a esta nueva actitud fue derrotada con facilidad. Mi padre, convencido de las razones ocultas en el texto, dedicó gran parte de su tiempo a escudriñar en cada párrafo, en cada leyenda…
-En cada falacia, interrumpió Antonioni como intuyendo el resultado final del alegato del joven.
-Bien es cierto, padre. Pero él no lo veía así.
-¿Y descubrió algo perturbador? Cuestionó Antonioni.
-Secretos alquímicos aterradores, confirmó Gigi.
Antonioni no supo entonces discernir cuál de las palabras de Gigi era más espeluznante. Los secretos, presentes en la vida diaria de todo ser humano, atribulaban con facilidad el estado de ánimo de sus feligreses y Antonioni convivía casi a diario con los efectos que estos causaban. La alquimia, sin embargo, era una gran desconocida para el cura negro. Sin embargo, su práctica, tan antigua como el mundo, no iba a desconcertar a alguien como él, tan abierto a negar evidencias.
El hecho de que todo ello fuera aterrador a ojos de un gañán como Gigi, era lo verdaderamente preocupante.
-Mi padre se aficionó a estas prácticas. Dividió en dos secciones el almacén de la Piazza del Duomo y ocultó su secreto en una de ellas. Sin embargo, pronto desistió de su aprendizaje. Aquello era mucho más complicado de lo que parecía. Y mi padre, más tarde que pronto, se dio cuenta de ello…
-¿Qué pasó entonces? Preguntó Antonioni aún conmocionado.
-Mi padre desistió.
-Gracias a Dios, se tranquilizó el cura negro.
-Sin embargo, añadió Gigi, Querenini entró en escena…
-¿y…? tembló Antonioni.
- Bueno, digamos que mi padre volvió a las andadas…

miércoles, 10 de diciembre de 2008

Miedo (VI)

De repente, Giancarlo sacó de su sayo bordado con retales de oro una especie de frasco angular y diminuto. Con un cuidado impropio de alguien de su edad, y una rojez inusitada que vino a decorar su anterior rostro palidecido, Gigi depositó aquel recipiente sobre la alacena de la sacristía de San Antonio. ¿Qué demonios era aquello?, barruntó el toscano.
Fijando la vista en el receptáculo. Antonioni pudo percibir una inscripción realizada sobre el vidrio en forma de imperceptible bajo relieve. Antonioni fijó la vista en ella. Sus incipientes problemas de visión dificultaron la lectura que fue pausada y renqueante. Finalmente, logró sonsacar el mensaje de la misma:

“e de tal miedo e de otro semejante fablan las leyes de nuestro libro cuando dizen que pleito o postura que home face por miedo non debe valer”

Antonioni, pese a sus vastos conocimientos, se sintió como pájaro en nido ajeno. La erudición era su fuerte, y sin embargo, fue aquel niño de quince años recién cumplidos quien le sacó del desconcierto que aquellas palabras habían generado en su mente.
-¿Interesante, verdad? Presumió Giancarlo.
-Ciertamente, disimuló Antonioni.
-El origen de las Partidas siempre llamó la atención a mi padre, suspiró el mozalbete. Lástima que sus indagaciones quedaran en saco roto tras el desastre de sus negocios...
-¿Las partidas? -inquirió el cura negro-.
-Sí, padre. Las Siete Partidas de Alfonso X de Castilla.
Fue entonces, cuando los mecanismos neuronales del padre Antonioni, segundos atrás bloqueados, comenzaron a trabajar de nuevo. Ciertamente, el conocimiento sobre aquel texto le transportaba a sus años de seminario, a las tediosas lecciones sobre legislación y derecho. A las horas perdidas imaginando un futuro incierto. A las dudas propias del teólogo primerizo.
Las Partidas no eran sino el cuerpo legislativo más importante de la Edad Media castellana. Un cuerpo doctrinal y jurídico completo que pretendía unificar las leyes en todo el reino.
A poco más aspiraba el conocimiento de aquel bonachón jesuita. Conocía casi todos los textos teológicos publicados en Europa. Incluso, en secreto, había indagado en el conocimiento de herejías varias, y algunas, como el arrianismo, habían logrado despertar sus dudas... Sin embargo, en cuanto a leyes, el padre Antonioni no era sino un indocto sorprendido e inservible. Gigi, inconscientemente, procedería a subsanar sus vacíos mentales.
-Verá -prosiguió Giancarlo- mi padre me contó una vez que las Siete Partidas de Alfonso X escondían un mensaje oculto entre sus páginas. Más que un mensaje doctrinal, las Partidas pretendían transmitir un mensaje filosófico y moral plagado de secretos ocultos por descifrar.
Antonioni quedó francamente sorprendido por aquellas palabras. ¿Qué escondía aquel texto? ¿Principios morales? ¿En el siglo XII? Eran tantas las dudas que a penas pudo encauzarlas en su desquiciado intelecto. Gigi prosiguió entonces con su exposición…

martes, 9 de diciembre de 2008

Miedo (V)

-Gigi, tranquilízate. Sin duda, nuestro señor sabe perdonar a quien no hace sino arrepentirse de sus malos actos. Pero, dime, qué fue lo que pasó exactamente…
Gigi se esforzó en volver a la calma. Arrastrado por la compasión de su confesor, a penas tuvo que inhalar cuatro bocanadas de aire fresco para llevar a cabo con éxito lo que segundos antes parecía una hazaña, a saber, hablar con la cadencia suficiente como para ser entendido.
-Verá padre, las cosas en casa no marchan tan bien como podría llegar a pensarse.
Gigi volvió a esforzarse en controlar sus impulsos emocionales. Contuvo la respiración y suspiró sin esfuerzo.
-Mi padre lo ha perdido todo, padre. !No nos queda nada!
-¡Explícate!, replicó el cura negro.
-Hará seis meses,un rentista de Venecia, un tal Jean Querenini, llegó a un acuerdo con mi padre. Un acuerdo que, al menos en teoría, iba a convertirnos en una de las familias más poderosas de toda Italia.
-¿En qué consistía tal negoció? Increpó Antonioni.
-Verá, padre. Al parecer el asunto era bastante sencillo. Mi padre cedía la mitad de sus rentas a éste malhechor a cambio de la explotación compartida del negocio de la importación de zamarros castellanos a toda Italia.
Antonioni había oído hablar de aquellas chamarras dando un paseo por la Piazza del Duomo, charlando con unos y otros, conectando -como siempre hacía- con el día a día de sus parroquianos. Los mercaderes tenían en alta estima la capacidad de los zamarros castellanos a la hora de ofrecer pingues beneficios. El vulgo, por su parte, apreciaba el papel que jugaba dicha prenda en la pugna diaria contra el desgarrador y gélido viento de poniente que azotaba Padua buena parte del año. Aquel, sin duda, parecía un negocio redondo. Antonioni entendió entonces la apuesta de Felipo Menzano. Poblar Italia de zamarros castellanos e iniciar, importando la materia propia necesaria, su producción en Padua. Cientos de puestos de trabajo serían ocupados y él, es decir, Felipo Menzano y su familia, agrandarían su estatus patavino para toda la eternidad. Quién sabe, quizá Felipo Menzano, siempre cohibido por sus defectos físicos, podría aspirar al puesto de alcalde de Padua, sueño de confesionario que Antonioni conocía de sobra y que tantas envidias había motivado en aquel hombre de figura rechoncha y repleta de protuberancias.
Gigi continúo con su alegato durante al menos una hora. Al bondadoso Antonioni le supo a eternidad. Al parecer, aquel truhán de Querenini no era sino un malhechor de fama pírrica en toda Venecia. El embustero, jugando con los miedos y esperanzas ocultos en la mentalidad de Felipo Menzano, y con varios documentos falsos que acreditaban sus supuestos contactos en Castilla, había logrado hacerse con la mitad de las posesiones de los Menzano. Entonces, y aprovechando un vacío legal conocido por muchos de estos timadores, Querenini vendió sus nuevas posesiones rentísticas a un tercero situado al margen de lo que fue el origen del negocio: una mentira. Fue entonces, y sólo entonces, cuando Felipo Menzano no pudo acudir a la justicia para denunciar el engaño: el acuerdo de venta, no en vano, le situaba a él como vendedor. Querenini, mientras tanto, ya había desaparecido del mapa.
-Huiría a Castilla, arguyó Giancarlo. Lo cierto es que mi padre, en la obsesión que le persigue, sobrevive malgastando ducados en contratar investigadores que den con aquel que nos ha robado todo. Ya siquiera aparece por casa. Pasa las horas muertas en su despacho. Esperando la llegada de noticias frescas. Y los investigadores, mientras tanto, juegan con él. Le dicen que están cada vez más cerca, que necesitan más dinero para sonsacar a posibles testigos…en fin, ya sabe padre: creando falsas esperanzas comen y duermen en mejores pensiones, y al día siguiente, hacen como que siguen buscando…
-Aún y todo -interrumpió Antonioni- sigo sin entender la naturaleza de tu pecado. ¿No comprendes que si te descubren vas a complicar aún más la situación que atraviesa tu familia?
-Claro que lo comprendo. Y me arrepiento por ello. Pero todo tiene una explicación, aunque pueda parecer sorprendente...

viernes, 5 de diciembre de 2008

Miedo (IV)

Agarrotado por el sofoco de haber estado corriendo durante varios minutos, Gigi Menzano no tuvo más remedio que esperar a recuperar el físico para comenzar a hablar. A esto, el padre Antonioni, siempre atento a las circunstancias, no dudó un instante en hacer llegar al joven un poco de agua del molino velbedere, que según se decía, tenía la propiedad -casi alquímica- de mantenerse a temperatura óptima sin tratamiento alguno. Renovado tras un trago antológico, Giancarlo pudo por fin salivar palabras. Antonioni no olvidaría aquel momento por el resto de sus días.
-Padre, de verdad que lo siento, pero he pecado. Se incriminó Gigi.
-Hijo mio…
-Lo sé, lo sé, pero está vez creo que es grave de verdad. No puedo…No debo…No confío en nadie más.
-¡Relájate Gigi!
El padre Antonioni perdió por un momento sus modales eclesiásticos…Pronto, no obstante, acabaría recuperándolos.
-Hijo mio, ¿qué ha pasado? ¿Crees que estarás más tranquilo en el confesionario?
-No padre, no. No creo que una confesión sea suficiente para alcanzar la redención ante lo ampuloso de mi pecado.
El padre Antonioni se sintió realmente atenazado, ¿qué clase de culpa arrastraba este chiquilicuatro? -se preguntaba- ¿a caso ni la justicia de Dios en la tierra sería capaz de redimir su mezquindad? El método ignaciano volvía a hacer aguas. El reino de la sombra se adueñaba de Padua. Es un niño, sólo eso. ¡Maldita maldad! ¡Qué bien te amoldas a las circunstancias!, pensó Antonioni medio indignado.
Ante aquel silencio premeditado, Gigi respondió haciendo gala de una sorprendente serenidad.
-Padre, he robado.
El toscano continuaba divagando a propósito del papel de la maldad en el mundo, y a penas pudo advertir el significado de aquellas palabras.
-Hijo mio, ¿cómo es posible?
-No lo sé padre. De verdad que no lo sé. Yo…
-¿Tú….? Ironizó Antonioni.
-Verá padre. Lo cierto es que me cuesta ser sincero con usted. Pero no es por mí, sino por el honor de mi linaje. La culpa que arrastro no es producto de mis actos, sino de los prejuicios que asoman cada mañana tras la puerta de nuestro piso en el centro.
Obviamente, el padre Antonioni no entendía ni una sola palabra de lo que aquel insensato trataba de insinuarle. Disimulando su inaptitud, el toscano apostó por la carta que menos dudas le planteaba: volver al acto delictivo cometido.
-¿Y el robo? Sondeó Antonioni.
-Fue por necesidad, padre. Pero algo dentro de mí me reconcome por dentro. Un impulso desgarrador me aturde. No sé cómo explicarlo: ¡la culpa me fustiga y ya no sé controlarla!...
Antonioni creyó poco probable la asunción de datos concretos en un rostro tan palidecido como el de Giancarlo. Resultaba irónico aquel instante. Entre sollozos, y arrastrando la culpa hacia el hábito oscurecido del padre Antonioni, Gigi agarraba con fuerza las manos de su confesor en señal de franco arrepentimiento. Y mientras, pensaba Antonioni, los padres de aquel vástago desolado, anulaban su culpa dejando atrás a la fe verdadera, ignorando su capacidad para sanar prejuicios y conciencias. Algo no cuadraba, y Antonioni -con su habitual perspicacia- pensó en sonsacar al joven sobre las verdaderas razones que impulsaran su pecado.
Por primera vez, renegar del método ignaciano se convirtió en una necesidad, el arrepentimiento no servía para supurar la herida creada. Gigi, quizás, también lo sabía. La improvisación, en aquel instante, hizo entonces el resto.

jueves, 4 de diciembre de 2008

Miedo (III)

Aquella mañana prosiguió por los derroteros previstos. Padua era aún más bella al mediodía, cuando la solana derrotaba por unas horas a la ombría, y la tranquilidad de las tabernas daba paso a un gentío de paseantes dispuestos a aprovechar el regalo divino de una primavera cargada de serenidad y belleza. La Piazza del Duomo parecía entonces otra: mercaderes, actores y malabaristas pugnaban por llamar la atención de los viandantes. El pulmón de Padua respiraba de nuevo.
Antonioni almorzó en la sacristía de la Iglesia de San Antonio. Quería enmendar los planos de la reforma, y supurar las heridas presupuestarias que el escapismo de los Menzano había reabierto en las urgentes humedades que comenzaban a abrirse paso en la bóveda de crucería del templo. Aquello trastocó sin duda sus planes. No fue plato de buen gusto tal renuncia. Sin embargo, acatar el plan divino volvía a ser necesario. Nada podía reprochar a los Menzano. Quién sabe qué razones profundas impulsaron su renuncia...
Absortó en sus divagaciones, Antonioni no logró percatarse de que no estaba solo. De repente, la puerta de aquella destartalada escolanía vibró como Pompeya arrastrada por el Vesubio. Una violenta corriente de aire advirtió a nuestro sacerdote de que alguien estaba dispuesto a cruzar el umbral de su pequeño rincón en San Antonio. No tardó en hacer acto de presencia aquel que osaba interrumpir sus exhortaciones. Sin embargo, la sorpresa que invadió a Antonioni al descubrir de quien se trataba, no podía esconderla ni el más pillastre de los nigromantes de Castilla.
Lozano y rojizo, el hijo menor de los Menzano, Giancarlo; “Gigi”, como detestaba que le llamasen, inclinaba sus facciones en señal de incomoda reverencia. Aquel mozalbete era un querubín de fama mundial en la villa. En el trasiego de la Piazza del Duomo, cuando los Menzano al completo paseaban su status en señal de parca compasión, Gigi era el que más miradas enternecedoras despertaba. A ello contribuía, sin duda, su semblante casi angelical, más propio de la inspiración de pintores flamencos como Van Eick que de la unión carnal de dos seres humanos, así como sus proporciones angulosas y desgarbadas, impropias de un chico de su edad. Con la nariz de Felipo Menzano por bandera, Gigi era el típico niño de costumbres engañosas: responsable y sumiso en presencia de sus progenitores, maquinador y perspicaz en su ausencia.
No en vano, no era la primera vez que Gigi asomaba con esa misma cara de culpa en la sacristía del padre Antonioni. Dos veranos atrás, el truhán de los Menzano no pudo reprimir la tentación de hacerse una paja en el almacén de la señora Pastuzzio, que según se decía, era la doncella casadera más bella de toda Padua. Casi desenmascarado, y huyendo a toda prisa del establecimiento. Gigi, con sus doce años recién cumplidos, no pudo sino apagar los demonios de su conciencia acudiendo a quién mejor sabía sofocarlos, a saber, al jesuita que regentaba la Iglesia de San Antonio, a aquel que, a penas tres años antes, le puso en contacto con Dios padre e hijo, en la ceremonia de su primera comunión.
Antonioni aún recuerda con sofoco el instante en que el pequeño de los Menzano confesó su pecado. Siquiera el método ignaciano, que antepone el arrepentimiento al castigo, servía para determinadas situaciones de confesionario. No obstante, y viendo la culpa en aquel rostro más rojizo de lo habitual. Antonioni absolvió al joven que, extasiado de alegría, juró no volver a cometer una falta similar. Cuando Gigi cruzó el umbral de la sacristía, con la cara rojiza de antaño, el padre Antonioni se temió lo peor. El mancilla-trastiendas ha vuelto a actuar, pensó. Sin embargo, los prejuicios, como la vida, no son sino imprevisibles...

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Miedo (II)

-Padre, ¿podría saber el motivo que ha inspirado su sermón de la mañana? Preguntó como arguyendo posibles respuestas.
-Hijo mío, dudó Antonioni ganando tiempo con que salivar refutaciones…
-Que Dios me perdoné si mi curiosidad está cohibiendo a su merced -arguyó don Pietro- y vos perdonadme también. Prorrumpió apesadumbrado.
-No hijo. No tienes que disculparte. Perdona a este pobre sacerdote. Sus argumentos se cocinan a fuego lento. No has de preocuparte, ni sentir incomodas tus incertidumbres. Sanas son, no me cabe duda…
Castiglione volvió a la situación de calma tensa con la que inició su alegato, a la par que su sonrisa de facciones helénicas, decorada por la techumbre velluda de sus labios, fraccionaba los segundos con mayor equidad y sosiego.
-¿Llevas muchos días sin acudir por Padua, verdad? -sondeó Antonioni-
-Es cierto padre, hará cuatro meses que salí de la villa camino de Venecia y no fue hasta bien entrada el alba cuando mi carruaje volvió a detenerse en mi pequeño almacén del centro, replicó el comerciante.
-Entonces, ¿desconoces los improperios con los que se acusa a los miembros de nuestra Orden? -inquirió Antonioni saboreando la victoria de saber la respuesta de antemano-.
-¿Improperios? !Pardiez!, exclamó Castiglione. ¿Quién puede osar maldecir a los Jesuitas? Es injusto. Además, usted padre…usted es un ser humano fuera de lo común -quiero decir- usted es…una gran persona y mejor eclesiástico. No debe temer tales injurias…
De buen grado, las palabras de Don Prieto tuvieron un efecto inesperado en el padre Antonioni. Su estado de ánimo, antes maltrecho, parecía otro. Aquellas palabras parecían espontáneas, no había necedad en ellas. Don Pietro era sinceridad en potencia. Fue, sin duda, el segundo mejor momento del día.
-No todo está perdido, pensó Antonioni.
No en vano, Don Pietro representaba la esperanza para la comunidad jesuítica. Si él, un hombre de mundo, era capaz de reconocer lo acertado de la labor ignaciana, ¿qué impedía al resto de patavinos a reconocer lo propio? ¿Y a los reyes y políticos de Europa? ¿A caso no era posible llegar a un entendimiento con ellos?
Entre divagaciones, don Pietro se despidió con solemnidad. Estaría un mes fuera de Padua, resolviendo sus negocios en España. Antonioni no desperdició la oportunidad para sondear a don Pietro a cerca de la situación política del reino de Carlos III. Castiglione le contó, que en determinados círculos intelectuales, la presencia de ministros extranjeros estaba comenzando a hacer mella. Los ilustrados patrios no soportaban no ser protagonistas del propio embellecimiento intelectual de su país. El Rey, mientras tanto, abierto a los vientos de cambio que inundaban Europa, y más preocupado por engalanar la villa y corte de Madrid siguiendo los patrones italianos, sólo explotaba cuando le recordaban que su poder jamás sería pleno si no obtenía el derecho a nombrar eclesiásticos en sus fronteras, es decir, si el regalismo no se hacía fuerte de facto. Y, sin embargo, concluyó don Pietro, el Papa no parecía estar por la labor…

martes, 2 de diciembre de 2008

Miedo (I)

Al parecer, se decía en la villa que los curas negros estaban planeando a hurtadillas una conspiración para hacerse con el poder en los principales estados europeos. Una intriga que comenzaría en los territorios españoles de ultramar, para continuar en Francia, Portugal, los reinos de Castilla y Aragón, y finalizar en Italia, más concretamente, en Roma, donde el Papa tendría que renunciar a su puesto como máximo mandatario de la Iglesia Universal en favor de una comisión jesuítica que acabaría imponiendo por la fuerza los flejes de la fe ignaciana; acabando con cualquier atisbo luminoso de razón.
Todo esto, explicado con un lenguaje que los patavinos entendieran, suponía comenzar a ver a los miembros de la Orden como una amenaza, ¿frente a qué? La respuesta era obvia: contra el orden preestablecido, es decir, contra el natural discurrir de los acontecimientos, fuera cual fuera el resultado de dichos cambios. Surgían, entonces, infundadas fantasías que comparaban a los jesuitas con la pestilencia, aquella enfermedad que, en silencio y poco a poco, acababa con poblaciones enteras, sin respetar siquiera a los vástagos no bautizados, ignorando plegarias y expandiendo con rencor su aroma a muerte y destrucción.
- El jesuitismo ¿una enfermedad? ¡Ver para creer!, se fustigaba mentalmente.
La conclusión ante toda aquella debacle era evidente: el vulgo comenzaba a temer a los jesuitas que residían en Padua. El número de feligreses que acudía a recibir el pan eucarístico menguaba alba tras alba. Primero fue la familia Menzano, que de la noche a la mañana, dejó de sufragar con sus altos tributos la remodelación de la Iglesia de San Antonio, santuario iñiguista en aquella Padua cerril e impía. Unas semanas después, los Cantelazio, una pareja acuciada por el sinsabor de no poder engendrar descendencia, dejaron de buscar consejo en las caricias vocales del padre Antonioni.
Evaporada la presencia de ambas familias, y con los rumores haciendo estragos entre el resto de feligreses, a penas nueve almas esperaban a que el padre Antonioni desarrollara la homilía aquella mañana de primavera advenediza. Unos minutos sobre la hora prevista, como esperando que en el último momento los renegados hicieran acto de presencia, Antonioni cruzó el angosto pasillo que separaba la sacristía del Altar. Que Dios me perdone, se repetía con recargo. Cabía hacer tripas corazón y afrontar el problema. Ahora o nunca, se reafirmó.
-Queridos hermanos, anunció Antonioni una vez santificado altar y púlpito.
- La fe, en estos tiempos inciertos, es la única defensa que nos permite alejarnos del miedo. Sin duda, habréis oído comentarios absurdos que relacionan a la santa hermandad de Loyola con sucesos extraños acaecidos en lares lejanos. Solo quería dar gracias a los presentes por seguir confiando en la santa y redentora palabra de Dios, único camino a la salvación…
De repente un silencio aterrador inundó la Iglesia de San Antonio. Aquellos nueve patavinos, impávidos, enmudecían ante el eco que aún cruzaba los sillares del templo. Mientras tanto, Antonioni, como organizando de nuevo el discurso, atravesado por una emoción casi contagiosa, cogió fuerzas, inhaló una profunda bocanada de aire fresco mezclado con aromas de vaporoso incienso de jazmín, y volvió a la reflexión del minuto anterior…
-Tenéis que creer en mí. Repitió ganando seguridad.
-Confiad en nuestra palabra, por favor. No os dejéis embaucar por aquellos que dicen representar a la “fe verdadera”. Con engaños absurdos os alejarán del camino correcto. No les escuchéis…
-No les escuchéis…
Dicho esto, y tras una breve exhalación, Antonioni comenzó con la homilía. Tardaría en olvidar la cara absorta de Aquilani, mercader de costumbres sencillas que siempre que pernoctaba en Padua acudía a las homilías de aquel cura toscano; el rostro enjuto de la familia Aspartuto o la indiferencia de Castiglione, que parecía ser el único incapaz de relacionar las palabras de Antonioni con algún rumor de cierta enjundia expandido por la villa.
Precisamente, fue su licenciatura en merodeo lo que arrastró a aquel eminente hombre de leyes a ser el único feligrés que esperó a Antonioni tras el “podéis ir en paz”. Melchor de Castiglione, no podía esconder el origen nobiliar de sus raíces. Hijo de Giusepe Castiglione, un rentista de Cagliari enrolado en el negocio textil que confraternizaba a su familia con los grandes comerciantes de Burgos y Venecia, y de doña Beatriz de Cortázar, con la dote más considerable de toda la Castilla del momento, don Pietro, como gustaba ser llamado, había heredado lo mejor y lo peor de su progenie. Por un lado, la incapacidad para dudar de todo a cada paso. Por el otro, la indiferencia por lo novedoso, algo sin duda incitado por el amplio colchón económico que le proporcionaban sus bienes, rentas y posesiones. No obstante, como decimos, fue la curiosidad lo que mató a aquel gato con profuso mostacho mosqueteado a la italiana.

Prólogo.

En esta Padua ambigua, a la que -por otro lado- cientos de jóvenes acudían mensualmente a reclamar el amparo de la cultura bajo el seno de su Universidad, una de las más antiguas de Europa y del mundo, residía el padre Antonioni, a quien dejábamos elevando plegarias al altísimo; la costumbre rutinaria que le devolvía la paz interior: placebo en altas dosis, fe en potencia reclamando liderazgo en su psiquis.
En aquellos años el jesuitismo no atravesaba por su mejor momento. Portugal y Francia habían procedido a expulsar a los hermanos ignacianos de sus territorios. La acusación, que para Antonioni no era sino una coartada cobarde y absurda, relacionaba a la Orden con conspiraciones regicidas organizadas desde la sombra en ambas naciones. Para aquel toscano de altura casi pisana, los acontecimientos que comenzaban a sucederse no eran sino producto de la mezquindad de las agrupaciones antijesuiticas, fanáticos del regalismo y las luces, que en la sombra, pretendían un nuevo orden mundial donde el individuo se alejara de Dios y, por mor, de la Santa Madre Iglesia. Para Antonioni, la Reforma Luterana fue un juego de niños en comparación con los hechos que comenzaban a sobrevenir en Europa. Y mientras, el Pontifice, a quien los hermanos jesuitas elevaron en su momento un cuarto voto especial de obediencia, continuaba paralizado por el miedo. Miedo absurdo, pensaba. Temor a perder la confianza de aquellos que, sin embargo, sólo pensaban en coaccionar su influencia.
Aquel marqués de Pombal, demonio en la tierra, era el peor de todos ellos. El monarca Carlos de España, por su parte, su más fiel seguidor en Iberia. Las cosas tenían muy mala pinta, se repetía Antonioni, pero había que seguir adelante y dar gracias a Dios por las oportunidades concedidas.
Por ello, la oración de aquella mañana no fue especialmente desaforada.
-Qué Dios me perdone si dudo de su plan divino -caviló Antonioni-; cabe tener paciencia y fe en nuestro Padre universal.
No quedaba más remedio.
Pero, lo que realmente preocupaba al padre Antonioni era la progresiva perdida de fe de sus feligreses. En un mundo donde el caos y la sombra parecían imperar, el paganismo se hacía fuerte de nuevo, esgrimiendo razones ilógicas que, bajo el prisma de la desesperación, se convertían en principios casi dogmáticos con que aspirar a la supervivencia. Y la rumorología, arte arcano por excelencia, se extendía a gotero por la villa de Padua.
Antonioni no creía en los azares del destino. Por ello, cuando escuchó por primera vez aquellos chascarrillos inmundos, no pudo sino indignarse consigo mismo. Tantos años luchando por adornar las bondades de la lealtad a Dios ante sus feligreses habían sido harto improductivos. El método ignaciano, tan trillado ya en otros lares, había fracasado en la impía Papua. O, mejor dicho, él había fracasado al tratar de sufragarlos. Mala zanca, sin duda:
-quizá alguien más experimentado en estas lides hubiera podido contrarrestar estas fechorías, se repetía una y otra vez.
Pero, ¿cuáles eran aquellos improperios que fruncían con extrema ferocidad el ceño del padre Antonioni?

Miedo fugaz, miedo eterno...

Padua, marzo de 1763.
El padre Antonioni era de costumbres rutinarias. Cuando el primero de los gallos cacareaba extasiado, era el momento de volver al vulgo y dar gracias a Dios por la concesión de un día más para alcanzar la salvación eterna.
Al segundo llamamiento, común era que aquel bonachón Jesuita iniciara los primeros maitines crepusculares. Para Antonioni, éste era, sin lugar a dudas, el mejor momento del día. En posición sedente, con las manos entrecruzadas en estado reflexivo, casi extasiado, Antonioni se comunicaba con el Creador.
Haciendo gala de un lenguaje cultivado y erudito -cosecha ignaciana-, aquel toscano de alcurnia, cuarto de cinco vástagos con futuro prometedor, elevaba sus oraciones a la eternidad con la esperanza de renovar su fe. Era entonces, y sólo entonces, cuando el tercer cacareo -ya no tan madrugador- del último de los gallos adormecidos hacía acto de presencia: bienvenido al mundo, Padre Antonioni.
Padua, arropada por los ríos Brenta y Bacchiglione, era la típica villa italiana de aspecto rudo y agreste. El agua, como recurso vital básico para la supervivencia de la grey, alimentaba los numerosos molinos esparcidos a lo ancho y largo de toda la plaza. Los patavinos desconocían el significado de palabras como capital cerrado o producción doméstica, pero sabían cuidar del único recurso que les ayudaba a mantener con vida a la prole; la tosquedad se imponía victoriosa a la inteligencia; eran otros tiempos, sin duda. De nuevo el agua, como en tantos y tantos lugares y momentos de la historia, se convertía en protagonista de los éxitos y fracasos de una comunidad humana. Que abundaran agoreros profetizando, a cada estación, la ausencia de lluvias era pues algo lógico: a nadie gusta no poder disfrutar del premio ajeno; siempre resulta mejor inutilizar su influencia. Con buenas dosis de fe y un par de rogativas, Padua volvía a sonreír. Eran tiempos extraños.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Opi (III)

Al regresar, el recelo de mis inferiores parecía ir en aumento. No os preocupeís -pensé- si Opi así lo quiere, pronto dejaréis de ver mi arrogante faz para toda la eternidad. El tiempo apremiaba, y ella, con su coraza metálica y su inteligencia artificial, fue programada para saberlo…
-El primer comando ha sido completado señor -me confirmaron-.
-Adelante pues, veamos que opina Opi de todo esto…
La señal visual pareció perderse durante unos segundos. Era algo lógico. Opi estaba empleando buena parte de su energía en reproducir y enviar una respuesta al comando completado. Cinco minutos después, pudo compartir su secreto con nosotros…La excitación ante la respuesta fue abrumadora. Abrazos varios y lágrimas contenidas. Aquel agreste lugar albergaba, en sus latitudes bajas, líquido elemento, algo que, pese a que teóricamente nos parecía a todos una absoluta obviedad tras tantos años de estudio desde la distancia, no dejó por un instante de emocionarnos.
El tercer comando, mientras tanto, se abría camino. Opi seguía operativa, a pleno rendimiento, algo que algunos incrédulos del Programa creían poco probable. En diez minutos, el camino a seguir dejaría de bifurcarse: Opi, el nuevo Mesías mecánico, lo haría posible.
Nunca aquel reloj digital agarró los segundos con tanta fuerza. Como un ladrón de guante blanco, parecía querer engañar a los presentes con tretas premeditadas. Consideraba eterno aquel instante. Transcurridos ocho minutos no pude aguantar más la presión. Abrí mi cartera y recurrí a mi pequeño tesoro: la moneda que ella me regaló en nuestra primera cita, la última foto frente al árbol en la penúltima navidad antes del desastre nuclear. La sonrisa de mis días, la tristeza de mis penurias. Yo sin ellos, ¿y ellos? En un lugar mejor eso seguro -pensé-. ¿Puede haber algún lugar peor que éste?…sin duda, la respuesta era no.
-Comando completado señor. Respuesta en un minuto.
-De acuerdo señores -grité con todas mis fuerzas-, buena a suerte a todos.

Recuerdo con nostalgia aquellos años. Las setenta personas elegidas para formar parte del programa “repoblación”, mantuvimos frecuentes conversaciones a propósito de lo que sentimos en el momento exacto en que Opi reveló la existencia de amplios glaciares con agua en la superficie de aquel planeta.
Teníamos la tecnología necesaria para proceder a su “invasión pacífica” y, obviedades al margen, no lo dudamos siquiera un instante.
Una vez allí, todo marchó sobre ruedas. Engendros mecánicos creados para la ocasión, nos ayudaron a desarrollar las diferentes tareas reconstructivas, tanto a nivel biológico como de reajuste de temperaturas, organización geológica interna y otros tantos menesteres.
Veinte años después la mayor parte del trabajo estaba ya realizado. Las condiciones en aquel planeta, antes inhóspito, volvían a ser operativas.
Sólo quedaba hacer valer el pacto que nos hizo iniciar el programa repoblación: renunciar a cometer el mismo error que nos llevó a la situación extrema de antaño.
El silencio y la dispersión se hicieron entonces necesarios. En parejas de diferente sexo, nos dispusimos a extendernos por aquellas vastas tierras. Todos los engendros mecánicos creados para la ocasión fueron destruidos y sus piezas enterradas bajo toneladas de tierra. Un pacto de silencio con respecto a las generaciones venideras hizo posible el resto. Nuestro nuevo hogar pensaría por y para nosotros, el regalo de su nuevo amanecer merecía la pena. Un nuevo mañana bajo su seno, la mejor de las batallas ganadas.
Era nuestra nueva patria; madre redentora de los pecados pasados.
Era Gaia…

Opi (II)

Los primeros movimientos fueron pausados y bruscos, lo que provocó una risa desaforada entre la mayoría de los presentes. Finalmente, la tensión volvió a presidir la velada. Opi parecía renquear, y se movía como auspiciada por una colosal embriaguez. Era importante que el dispositivo lograra activar el comando apropiado antes del primer minuto ya que, de otra forma, sería complejo reinstaurar las órdenes establecidas de antemano. Sin embargo, aquel minuto se nos hizo eterno. Y más cuando, justo cuando faltaban cuatro segundos para que éste llegara a su fin, Opi decidió emprender su rumbo hacia el “nuevo mundo”. La jauría estalló extasiada: lo logramos, claro que lo logramos…
Los dos comandos restantes asignados a Oportunity eran claros: por un lado, explorar la zona predeterminada como “área de disponibilidad probable”. Por el otro, confirmar la presencia del líquido elemento y calcular, con un margen de error posible del 34%, la cantidad estimada del mismo en dicha área, así como las probabilidades matemáticas de encontrar otro desnivel orográfico con semejantes propiedades en las proximidades de la misma.
Cuando salí a fumar mi tercer cigarrillo de la noche, Oportunity iniciaba el segundo de los comandos a ella asignados. El estrés me reconcomía por dentro. Mirando al cielo rojizo, una ráfaga de viento amarillento me trasladó a mi infancia. Harto felices éramos entonces -pensé-. Ni guerras, ni enfermedades, ni violencia, ¿qué nos hizo perder la dirección sobre nuestros propios actos? ¿La perdida de fe? Eso no era sino el recurso utilizado por los necios. ¿A caso no perdimos la mayor fe con la que contábamos antes de los primeros desbarajustes políticos y económicos? ¿A caso no fue sino la razón lo que se evaporó de nuestra esencia sin a penas resistencia? Malditas banalidades…
Entre pensamientos absurdos y disquisiciones poco acertadas, consumí el filtro de aquel apestoso cigarro negro. Mientras caminaba de nuevo hacia el interior, procedí a inhalar aire con el que depurar el tóxico reubicado en mis pulmones. Siquiera respirar era sencillo en estas condiciones. A penas pude absorber algo de vida en aquella hazaña, sin embargo, tan rutinaria. La contaminación había acabado con todo. Incluso, con la posibilidad de seguir retroalimentando su extraña fuerza devastadora. Oportunity era nuestra única esperanza…

Opi (I)

El éxito de la misión parecía garantizado. Tantos años de investigación comenzaban a dar sus frutos. La sonda “Oportunity” iniciaba el programa de desmembramiento, la cena estaba servida, caballeros.
En a penas cuatro minutos, el sistema operativo de la OPTNY, comenzaría a calibrar los primeros patrones de espera. Doce segundos después, el milagro de caminar por aquel inhóspito territorio se haría posible, no hay lucha improbable, pensé.
La última esperanza para nuestra civilización era hallar agua en aquel planeta. Líquido elemento, protagonista en nuestro último conflicto bélico a escala mundial. Curiosa ironía del destino: acabó con la fe y con el agnosticismo. Cerró puertas y ventanas. Creo monstruos y deshidrató conciencias. Incauto elemento perdido.
Pero ahora estábamos de nuevo en el camino correcto. Habíamos aprendido la lección de la historia. Oportunity daría luz a un nuevo amanecer para nuestra raza, nos devolvería la fe, así como el derecho a no creer en entes superiores, aniquilaría a los monstruos creados y, por qué no, rehidrataría nuestras atormentadas almas. Era la oportunidad que tanto anhelábamos. Era el futuro en un presente cargado de esperanzas.
El reloj digital de la sala hizo cuatro veces el mismo viaje de retorno. Los cuatro minutos han pasado -inquirí presto y excitado-, iniciando fase II.
De repente “Opi”, apelativo cariñoso con el que los miembros del “Programa” bautizamos a nuestra sonda, empezó a consignar las rutinas esperadas al computador central: nivel de presión, temperatura, estado general de la unidad operativa, situación calorífica interna…todo parecía marchar según lo previsto.
Doce segundos después, quedaría demostrado. Fue entonces cuando Opi inició su andadura en la historia.

martes, 4 de noviembre de 2008

La langosta se vuelve a posar (de nuevo)


La langosta vuelve de sus vacaciones. Esta vez, y dejando de momento por incompletos los post anteriores, os presento una modesta historia con la que no tengo más pretensión que la de entretenerme escribiendola y hacer lo propio con aquellos lectores que se atrevan a proceder a su lectura....


Salud, fuerza y honor


P.D. Procuraremos postear con mayor asiduidad. El cuerpo así nos lo vuelve a pedir de nuevo.

martes, 5 de agosto de 2008

Modernidad o tradición. Las dos vías del pensamiento español en el siglo XVIII (I). Introducción: apología y crítica frente a la visión europea.

La aparición del artículo "España" de Masson de Morvilliers en la "Enciclopedia Metódica" en el que se afirmaba que a nuestro país no se le debía nada en el campo científico-técnico, desató profundas críticas entre la elite del pensamiento español del momento. Sin embargo, para muchos, este artículo era la prueba que evidenciaba la posición que los europeos otorgaban a España en el avance de las ciencias útiles, un avance que venía produciéndose en casi toda Europa exceptuando aquellos países “qui adhue in tenebris versatum”[1].
No en vano la España dieciochesca continuaba evolucionando al margen de los progresos científicos y técnicos acaecidos en Europa, algo que no escapó a la pluma ácida de Morvilliers ni a la mayor parte de las inteligencias europeas coetáneas.
La respuesta desde España no se hizo esperar y tuvo como objetivo prioritario el lograr que estas afirmaciones cayeran en saco roto y no debilitaran los ánimos. En un contexto como el del setecientos, no cabe duda de que estas acusaciones debieron ser dolorosas, especialmente para nuestros reformistas que, por un lado, eran conscientes de la innegable decadencia patria y, por el otro, veían como desde Europa parecían vanos los esfuerzos que, desde finales del siglo anterior, se estaban llevando a cabo para reformar el país.
La defensa del patrimonio cultural patrio nació de la necesidad de que este fuera posible, fomentándolo. No hay que dudar, como en su momento hiciera Ortega y Gasset[2], de las aportaciones culturales de tantos reformistas e intelectuales que, con el objetivo de elevar el nivel cultural en nuestras fronteras, hicieron causa común en vistas a alcanzar la modernidad.
A lo largo de los siguientes capítulos, procuraremos establecer cómo se llevó a cabo dicho proceso. Procedamos entonces...

[1] Fue Manuel Martí, deán de Alicante, quien acuñó esta frase en la que asumía que España continuaba moviéndose “entre profundas tinieblas”.
[2] Ortega y Gasset llegó a afirmar que el problema de la España que él vivió residía en la carencia de una centuria preceptora anterior.

martes, 29 de julio de 2008

"Padre, por qué nos temen". Claves de la leyenda negra antijesuítica (II). Sobre por qué temer a los jesuitas.

Cuando Carlos III rubricó con su firma la Pragmática Sanción de acuerdo a "causas urgentes, justas y necesarias", los motines de primavera del año anterior -que la historia rebautizó como "motines de Esquilache"-, aún debían pesar en la mente del monarca. Sin embargo, a la hora analizar el fenómeno antijesuita, hay que tener muy presente que la decisión última de perpetrar la expulsión de la Orden no respondió al quehacer vengativo de un Rey que definitivamente había dado la espalda a la Compañía. Más bien al contrario, el abanico de razones que justifican la medida adoptada deben explicarse haciendo hincapié en la maraña de circunstancias -también internacionales- que conformaban el contexto español del momento.
En cierto modo, parece como si sólo los jesuitas desconocieran el temor que sus supuestas "maniobras conspirativas" venían despertando entre sus contemporáneos. No en vano, el resultado final de la "pesquisa secreta", proceso sumarísimo que siguió a los motines de Madrid, fue todo menos sorprendente. Pero, si el desenlace fue tan puntillosamente planeado, cabe indagar en las causas que inspiraron decisiones tan rotundas y que, como veremos, se basaban en el pánico que las acciones de la Compañía venían generando y en el modo en que la “leyenda negra” jesuítica se expandió.
No sorprende que fueran razones de estado las que inspiraran en mayor grado a los contrarios a la Compañía. No obstante, cada vez son más los trabajos que tienden a deshacer los no pocos tópicos acumulados desde el setecientos. No hay duda que para los antijesuitas fue un acierto el poder contar con este tipo de imputaciones sin las que, probablemente, no podrían haber torcido la voluntad real que, aunque era contraria a las prebendas jesuíticas, aún podía temer posibles represalias pontificias.
La importancia del contexto internacional debe quedar al margen de toda duda. Resultan curiosos los paralelismos en el modo de proceder y en los cambios de actitud registrados, tanto en Francia como en Portugal, los años previos a la expulsión de los jesuitas en ambos reinos, y como muchas de las acusaciones vertidas por los antijesuitas galos y portugueses, también fueron recurrentemente utilizadas en España.
En su Dictamen Fiscal, Campomanes, principal valedor de la cruzada antijesuita en nuestras fronteras, no duda en utilizar -incluso transcribiendo literalmente- muchos de los argumentos esgrimidos por el Parlamento francés o por Carvalho en Portugal. Todos los argumentos en contra de la Orden ignaciana parten de una misma idea: los jesuitas, al actuar como un cuerpo propio, dirigido por altas esferas, dependían plenamente de los designios articulados desde su propio “gobierno”, siendo sus actos juzgados de manera interina o, en último término por el Papa (a quien habían jurado un cuarto voto de obediencia exclusivo).
La “leyenda negra” del jesuitismo parte de esta premisa al considerar que los líderes de esta “confederación” venían -desde la práctica fundación de la Orden-, pretendiendo obrar todo mal que fuera en contra del Estado, de la Monarquía y, por ende, de la soberanía tradicional. Asimismo, un nuevo concepto político: el regalismo; doctrina auspiciada por los ministros ilustrados y que alcanzó su apogeo durante el reinado de Carlos III, no era una política compatible con las supuestas prebendas jesuíticas que se asumían como conspirativas y contrarias al albor de las luces.
Los atentados en Francia y Portugal, con claras intenciones regicidas, hicieron saltar todas las alarmas. No es de extrañar que, ante el temor que estos acontecimientos despertaron, las actitudes fueran globales y las soluciones ajustadas a un mismo guión establecido. Tanto en Francia como en Portugal, y así ocurrirá también en España, el proceso de incriminación de los jesuitas se basó, sobre todo, en supuestos, sí no poco veraces, débilmente comprobables. A pesar de ello, el extrañamiento se llevó a cabo en ambos países y muchos de los expulsos fueron acogidos en España por unos jesuitas que horrorizados, asistían a la narración de unos hechos que aún seguían viendo como ajenos a su realidad.
Mientras, el clima internacional, como hemos visto, era el propicio para facilitar la toma de posturas. El mismo Campomanes, sólo tuvo que poner su pluma al servicio de los hechos descritos por el antijesuitismo francés y portugués, transcribiendo sus vivencias como sucedieron -o como quisieron que sucedieran- para, en último término, amedrentar al monarca y sus consejeros haciéndoles partícipes de su clarividencia personal: ¿A caso España estaba a salvo de los designios conspiradores y regicidas del jesuitismo internacional?...
Poco a poco, los jesuitas fueron abriendo los ojos ante lo que sucedía, manteniéndose a la espera de acontecimientos. En la Corte, sin embargo, una idea parecía ir imponiéndose al resto: sólo medidas rotundas evitarían males mayores…los motines del 66 eran buena prueba de ello.
Acusar a los jesuitas de regicidio fue un acierto de los contrarios a la Orden. Que dos fuerzas políticamente opuestas mantuvieran un pulso de tan grandes dimensiones sin que se perdiera el equilibrio era pura utopía, y más en un contexto de Antiguo Régimen como el que se convivía. Los intereses ultramontanos, avalados por la tradición y apoyados por los jesuitas, y los regalistas, eran dispares y radicalmente opuestos, tanto como -a juicio antijesuita-, lo eran los ignacianos a los intereses del Estado y a la preponderancia de la Monarquía borbónica. Sólo uno de los caminos podía imponerse. Fue entonces cuando el talento intelectual y dialéctico de los ilustrados se impuso a los anquilosados posicionamientos mantenidos por el sector ultramontano…Fue un primer triunfo que, sin embargo, hirió de muerte a la Orden.
La valía de Campomanes a la hora de redactar la “sentencia de muerte del jesuitismo en España”, supo aprovechar las incriminaciones regicidas vertidas por el antijesuitismo europeo, utilizándolas como arma decisiva a la hora de alejar -primero-, a la facción ultramontana del poder y -segundo-, convencer al Rey de que la medida más consecuente era expulsar a la Orden que promovía todos los males por mor analizados. Fue una de las grandes victorias del despotismo en España. Sin embargo, aún quedan puntos negros en la investigación como para dejar de hablar de “leyenda negra” al referirnos a la obsesión regicida de los ignacianos.
Otra acusación corría también como la pólvora en los años previos a la expulsión. Según se decía, la Compañía de Jesús conformaba una auténtica Monarquía despótica que, gracias a su tremenda capacidad para actuar como ave de rapiña, contaba en el setecientos con más recursos económicos que cualquiera de las monarquías legítimas de Europa. Genial es el paralelismo con los templarios al que alude Campomanes en su alegato fiscal, aunque no menos lo son las acusaciones que enjuician la misión jesuítica tanto en América como en las Indias orientales, China o Japón y que fomentaron la jesuitofobia en Europa. Siendo, como apunta Eva María St. Clair, la desobediencia “el cargo que cobró mayor importancia para ambas partes”. Los jesuitas, conscientes del peligro que suponían estas diligencias, “dedicaron gran parte de su esfuerzo dialéctico a rebatirlas (…) expusieron un sinfín de justificaciones y motivos para obrar de esta manera, intentando que la cuestión pareciera menos grave de lo que era en realidad (…) excusas que, independientemente de sus sólidos fundamentos, no buscaban sino disimular un hecho que era ya insoslayable”.
Y es que, no en vano, Roma llegó a condenar las actividades misionales jesuíticas, algo que, por primera vez, encendió las alarmas entre la Orden…
¿Estarían perdiendo a caso el apoyo del Pontifice?

"Padre, por qué nos temen". Claves de la leyenda negra antijesuítica (I)

Miedo: estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa posible de padecimiento.
En la España del setecientos, no fueron pocos los momentos en que este sentimiento -de por sí tan humano-, se adueñó tanto de aquellos con la capacidad para transformar las cosas, como de quienes, a fin de cuentas, sufrían con mayor intensidad sus efectos.
Hay mucho temor en las motivaciones profundas que impulsan al género humano y, de sus efectos, derivan consecuencias, que a la larga, nos sirven a los historiadores para rescatar del olvido cuestiones tan apasionantes como la que nos ocupará en las siguientes líneas.
Sin embargo, el problema surge al comprobar como el miedo es capaz de inspirar medidas tan poco justificadas como las que de forma oficial se pusieron en marcha en la mañana del dos de abril de 1767, y que supusieron el extrañamiento de todos los miembros de la Compañía de Jesús sitos en los dominios de Carlos III.
A lo largo de los siguientes párrafos, pretendemos analizar cómo se configuró el fenómeno antijesuítico y sobre todo, cuáles fueron las principales acusaciones con las que los enemigos de la Compañía contaron para convencer al monarca de lo necesario de proceder a su extrañamiento.
Para ello, prestaremos especial atención al Dictamen Fiscal de Campomanes, a fin de cuentas, el documento que acabó por inclinar la balanza en favor de los antijesuitas, auspiciando lo que Fernán Núñez, instruido por los jesuitas a expensas del Rey, definió como "la providencia más bien combinada, más uniforme y más secreta de cuantas España vio jamás"

lunes, 28 de julio de 2008

La alternativa picaresca. Un buscón llamado Pablos (III). Anatomía de un pícaro según Quevedo...

Describir el apogeo de lo hispánico y su posterior declive a través de las enormes lentes de Francisco de Quevedo y Villegas, sería a todas luces un excelente argumento cinematográfico. No en vano, nuestro protagonista nació en 1580, recién lograda la hasta entonces utópica unión ibérica, y expiró en 1645, tan sólo dos años después de la gran derrota de Rocroi y de la caída en desgracia de Olivares.
Hacer balance de su andadura vital nos robaría demasiadas líneas. Además, para cumplir con el objetivo propuesto, debemos prestar mayor atención a su pluma, a aquello que de Quevedo está presente en Pablos, su -podríamos decir- alter ego en El Buscón, a la postre única novela de este insigne madrileño.
Al hablar de Quevedo, debemos asumir que se trata de una de las figuras más complejas y contradictorias de la historia de las letras, un personaje que aún hoy despierta agrios debates entre los expertos y que personifica como nadie lo que fue el pensamiento barroco hispánico. A Quevedo se le han atribuido cuatro almas, dos personalidades enfrentadas…No cabe duda de que hablamos del mejor arquetipo barroco. Intransigente, solitario, extravagante y, a pesar de ello, el mejor símbolo de la grandeza hispánica en la decadencia.
Afirma Maurice Molho que El Buscón “es uno de los libros más resbaladizos de la cultura habsbúrgica y del que nadie puede sentirse seguro de haber producido una lectura coherente, exacta y definida”. Por afinidad como lector, comulgo plenamente con sus palabras. No en vano, la aseveración de Molho equivale a decir que la lectura del Buscón difícilmente despierta interpretaciones unánimes. En la contracción quevediana reside la clave ante tanto pensamiento encontrado. Las tesis interpretativas -como era de esperar- dan para aburrir. Las hay que se centran en atribuir a la obra la importancia de situarse en una posición contraria a “la falsificación de la verdad por el lenguaje”, es decir, de hacerlo como mero juego de ingenio basado en el papel de la palabra.
Otras, más trascendentales, otorgan al Buscón la capacidad, casi cabalística, de actuar como guía para la vida austera en base a la negación constante de todo lo bueno que puede albergar el hombre…No hay duda de que Quevedo imprimió su sello al Buscón. Una impronta, tan peculiar, que no hizo sino abrir brecha con respecto a la calidad del resto de obras con las que compartió el “cartel” de picaresco. A la hora de concebir El Buscón -afirma Lázaro Carreter-, Quevedo espoleó su ingenio a partir del uso mimético del lenguaje, a saber, de la palabra como bastión inexpugnable desde el cual construir el relato. La simplicidad narrativa que alcanza es, a todas luces, lo que hace del Buscón una obra maestra ya en el aspecto puramente literario. Pero, junto a la importancia del lenguaje, fue la experiencia vital del madrileño: agotadora, arriesgada y terriblemente dolorosa, lo que contribuyó a que -como apunta Américo Castro-, en El Buscón no exista resquicio para el idealismo.
Describiendo las hazañas de aquellos a los que el fango cubría, Quevedo nos muestra un mundo, el de la picaresca, nada idealizado. La magistral pluma quevediana retrata con acierto, no sólo a Pablos, sino también al ambiente social que le rodea…lo divino, lo humano, lo tabernario y, por qué no, lo sublime. En El Buscón queda de manifiesto la organización contradictoria del pensamiento de Quevedo, la abundancia de contrastes que emanaban de su ser.
Junto al papel del lenguaje, la carga moralizante que el madrileño inyectó a la obra no puede pasarnos desapercibida:

“…no quiero darte luz a más cosas; éstas bastan para saber que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las trampas...".

Con estas palabras, Pablos decide ir poniendo fin al relato de los aconteceres que dieron con sus huesos embarcándose hacia Indias, lugar donde esperaba huir definitivamente de los fantasmas que le atormentaban. Las cosas no le habían ido bien en Sevilla -última estancia peninsular en la que habitó- y, como no, la solución - de nuevo-, fue optar por el escapismo. Quevedo nos retrata un mundo que es hostil a gentes como Pablos, con aquellos a los que, sólo un milagro podía borrar de cuajo su procedencia, su linaje; su tormento.
El Buscón no nace, a nuestro juicio, como crítica abierta a la forma en que venía retratándose el fenómeno picaresco. Más certero resulta pensar que el madrileño, a golpe de ingenio, pretendió hacer lo propio con los acontecimientos que dieron con Pablos en dicho mundo, es decir, con la decadencia moral que en esos momentos venía floreciendo en España.
A todas luces, un análisis crítico de El Buscón debe encaminarse hacia esta línea. No en vano, Quevedo fue, sobre todo, símbolo de la grandeza de unos tiempos que, socialmente, se imbuían en la más absoluta de las decadencias.
No obstante, las líneas interpretativas siguen estando abiertas, algo que debe servirnos para confirmar que se trata de una de las obras más importantes de nuestra literatura. Y si de algo sirven las líneas trazadas, querido lector, que sea para adquirir una edición de la obra quevediana y disfrutar de las hazañas de Pablos, espejo de mendigos y rufianes, fiel representante de un mundo que fagocita a los desgraciados y los aleja de la mira de aquellos más aventurados.

viernes, 25 de julio de 2008

La alernativa picaresca. Un buscon llamado Pablos (II). Hacia Rocroi...

Es tradición apuntar que en el siglo XVI se dieron los suficientes aspectos de crecimiento múltiple como para hablar de una etapa de esplendor y que, en la centuria siguiente, el proceso se torció en base a crisis básicamente estructurales.
De “depresión dramática”, califica Bartolomé Benassar la situación en que se sumerge lo hispánico a partir, sobre todo, de la década de 1640. Acertadamente, muchos autores han ido a buscar las causas de este declive, precisamente, en los años de mayor crecimiento hipotético, es decir, cuando la coyuntura económica americana y el poderío militar español hacían todo menos presagiar lo que acabaría aconteciendo.
Tanto es así que José Antonio Maravall no duda al afirmar que el XVI fue “por extensión, un siglo utópico” en el que cohabitaron dos concepciones de una misma realidad: la crítica exacerbada, junto a la exaltación constante del progreso evidente que atravesaba lo hispánico.
Pese a todo, ya a finales de siglo, la agonía de lo hispánico comienza a hacerse evidente por mor de unos fracasos militares cada vez menos excepcionales. Muchas conciencias adelantadas despertaron entonces, asumiendo que las cosas no marchaban bien y haciendo públicas las que, a su juicio, debían ser las nuevas prioridades de la Monarquía. España debía despertar del sueño hipnótico del XVI, hacer balance y -apuntaban- enmendar en la medida de lo posible los errores cometidos. Mucho se ha escrito en cuanto a las posibles causas del declinar. No pocos fueron los contemporáneos que ejercieron de “doctores” y describieron la sintomatología y los posibles tratamientos con que combatir la crisis...sin embargo,pocos fueron escuchados.
Entre los historiadores, la tendencia más actual es la de valorar la crisis en base a modelos multicausales y, sobre todo, hacerlo desde prismas poco estudiados, a saber: aspectos sociales, culturales y literarios. A nuestro juicio, estas visiones no vienen a restar valor a las meramente estructurales, sino que las complementan. No en vano, en el camino que llevó al declive de lo hispánico, también debieron influir este tipo de factores y más cuando, a nivel estructural, el desfallecimiento vino a coincidir con el apogeo de lo que Maravall definió como “un concepto que se extiende en principio, a todas las manifestaciones que integran la cultura misma...": el barroco. Sin ser novedad, si resulta cuanto menos curioso que el fin de lo hispánico como entidad supranacional coincidiera con el momento de mayor exaltación cultural vivido en España desde el medievo, un auge que penetró en múltiples ámbitos de la época a los que, finalmente, acabó marcando con un carácter plenamente definitorio.
Como apuntábamos, no existe un único factor causal que explique la crisis. Fueron muchos, e interrelacionados, los elementos que ayudaron a debilitar un, hasta entonces, férreo marco general. Es entonces cuando la conexión entre el contexto histórico y el proceso cultural que acabó generando se convirtió en evidente.
La realidad social del momento nos demuestra que la contrariedad configuraba lo hispánico. Sin embargo, no fue éste un fenómeno exclusivamente hispánico. A juicio de Maravall, la mejor evidencia es que el Barroco, como tendencia cultural, también eclosionó en el resto de Europa, demostrando que la tendencia “era de crisis general, compartida por todos los países que tenían algo que decir en el mosaico europeo”. El problema es que era España quien mantenía entonces la posición preeminente en dicho mosaico. La caída con mayores consecuencias no podía ser otra que la del Imperio español.
En su afán por encajarlo todo cronológicamente, la historia se ha encargado de fijar la derrota de los tercios en Rocroi (1645) contra los franceses, como la prueba definitiva que evidenciaba el devenir decadente que venía sufriendo la hasta entonces grandeza hispánica. Pese a ello, el camino hacia dicho devenir comenzó a recorrerse mucho tiempo atrás, justo cuando las nuevas circunstancias que generó la también novedosa forma de macroestado dejaron de ser tenidas en cuenta…Cuando se impuso la forma al fondo; el continente al contenido. Bien es cierto que España sufrió derrotas bélicas apabullantes en el terreno militar. También lo son las continuas fluctuaciones en el precio del dinero, las malas cosechas o el despilfarro perpetrado por la Corona. Sin embargo, no por ello es gratuito prestar -al menos- la misma atención a las circunstancias socio-culturales, es decir, a cómo la sociedad vivió los efectos de esta decadencia y a cuáles fueron las manifestaciones culturales que generó.
En el trasfondo de todas las manifestaciones barrocas del XVII, el declinar de España en el mundo estuvo muy presente. Como veremos a continuación, la novela picaresca no renunció a describir de un modo particular las consecuencias sociales de este contexto crítico para España y no lo hizo por una razón simple: éstas ya venían minando conciencias mucho antes de que los tercios españoles cayeran en Rocroi...

lunes, 21 de julio de 2008

La alternativa picaresca. Un buscón llamado Pablos (I)

No poco es lo escrito hasta la fecha en cuanto al origen, desarrollo y posterior declive de la literatura picaresca en España. Filólogos e historiadores de la literatura no han dudado a la hora de prestar atención a un género que, ya desde el siglo XIX, viene despertando interpretaciones y debates varios. Repasando la extensa bibliografía al respecto, uno no deja de sorprenderse ante debates, a priori tan banales, como los protagonizados por Alexander A. Parker, por un lado, y Bataillon o Nerlich -entre otros-, a propósito de la idoneidad, o no, de considerar el anónimo "Lazarillo de Tormes" como precursor o prototipo picaresco. Como Parker, nos inclinamos por la necesidad de quitar hierro al asunto, al no ir su trascendencia más allá de incluir la obra en un contexto histórico-cultural u otro y, en todo caso, al no restar ni un ápice del mérito literario que posee este tipo de relato tan característico de nuestro Siglo de Oro. En las siguientes líneas procuraremos alejarnos de las polémicas surgidas (qué otros se encarguen de resolverlas), para volcarnos en analizar la influencia que pudo tener el contexto histórico en la concepción del neonato picaresco. Para ello, prestaremos especial atención a la única novela que perpetró uno de los grandes genios de la literatura universal, Francisco de Quevedo y Villegas.
El hecho de haber elegido "El Buscón" como base para ejemplificar lo que vayamos comentando es única consecuencia del simple placer y la admiración que nos dispensó su lectura. De hecho, hacer lo propio con el "Guzmán de Alfarache" o, incluso, con "Estebanillo González", hubiera sido indiferente -aunque menos atractivo-, para desarrollar el propuesto que pasará a ocuparnos a continuación.
F. de Ayala calificó la obra de Quevedo como “la contemplación como espectáculo del mundo por dentro, la desvalorización definitiva e incondicional de la existencia”. En el Buscón todo es grotesco, deformando como base para negar la teoría que afirma que el hombre es bueno por naturaleza. Su lectura no deja indiferente. Además, a los historiadores nos permite acercarnos a las claves que propiciaron el declinar español del XVII.
El Buscón nos ahorra las dudas. Hubo algo más que crisis estructurales…hubo -sobre todo-, un trasfondo social debilitado que, la pluma de los avezados literatos del XVII -y de Quevedo en particular- se encargó de reflejar...

María de Zayas

Derruir una convención literaria no debía ser tarea fácil en un siglo como el XVII. Al fin y al cabo, el devenir de las mismas venía marcado por el contexto social del momento, un contexto que los literatos imbuían dentro de sus obras a través de la utilización de múltiples consabidos.
María de Zayas trató de romper con este equilibrio literario rehuyendo sistemáticamente de los convencionalismos de la época y rechazando lo que a todas luces era una evidencia: el predominio social del hombre sobre la mujer; una preeminencia que la novela breve amorosa (género que cobró especial relevancia en España entre 1620 y 1640 y -cuyo origen- se remonta incluso al periodo griego clásico), se encargó de hacer pública, eso sí, en forma de sátira, y en el que de Zayas alcanzó cotas de celebridad poco reconocida.
Era un tipo de literatura que, pese a lo que se pueda pensar, mostraba ciertas tendencias y aspiraciones de la época; aspiraciones con las que nuestra protagonista no parecía estar muy de acuerdo.
Llevar a cabo un estudio biográfico de la madrileña no debería ser arduo a juzgar por lo poco que de ella conocemos.
Nació en Madrid y, probablemente, desarrolló su actividad vital en la primera mitad del siglo XVII.
Comulgo con Alicia Yllera cuando afirma que el resto de informaciones barajadas acerca de su biografía se basan en conjeturas. Poco más podemos decir sin entrar en meras suposiciones. Es por ello por lo que vamos a obviar mucho de lo que de ella se ha escrito para centrarnos en aspectos puramente literarios.
Fue en Zaragoza y Barcelona donde María de Zayas publicó “Novelas ejemplares y amorosas” (1637) y “Desengaños amorosos” (1647), las dos partes en que dividió los veinte relatos que a la postre compondrían una de las obras cumbres de la novela breve amorosa del XVII español.
Pese a constituir hipotéticas partes de un mismo fondo, los Desengaños siguen una línea mucho más pesimista que su predecesora. Se han barajado varias opciones a la hora de explicar esto. Por lo que a nosotros respecta, nos inclinamos a afirmar que fue un probable revés amoroso, previo a la redacción de la obra, lo que acabó por traicionar a la autora y, por ende, a su pluma.
En los Desengaños, el final feliz que supondría el matrimonio entre los protagonistas, algo común en este tipo de novelas, se convierte en una utopía ya desde las primeras líneas. Sin embargo, para la madrileña, éste “no es trágico fin, sino el más feliz que se pudo dar, pues codiciosa y desecha de muchos, no se sujeto a ninguno”. Hay ciertos paralelismos entre María de Zayas y su alter ego en los Desengaños. Es por ello por lo que muchos autores han afirmado que la desaparición pública de María de Zayas tras la publicación de los Desengaños se debió a que, realmente, la autora quiso emular a la protagonista de su obra e ingresó en un convento.
Conjeturas al margen, tanto en las Novelas como en los Desengaños, el hilo argumental va a girar en torno al deseo de la autora de defender el buen nombre de las mujeres y de advertir a éstas de lo peligroso de “las armas de engaño masculinas”.
Comparto las opiniones que alaban la veracidad con la que de Zayas trató de contextualizar su obra. Para ello no dudó en situar a los personajes en un marco geográfico concreto y familiar para sus contemporáneos, así como en introducir como hilo conductor numerosas costumbres con arraigo en la época, o aludir sin cortapisas a personajes o acontecimientos históricos.
La obsesión por la veracidad era común entre los escritores de la época y María de Zayas no les fue a la zaga en este aspecto.
La forma en que la madrileña describe algunos de los estados anímicos por los que atraviesan sus personajes también debe ser digna de elogio. No obstante, de Zayas optó por un realismo en cierta medida novedoso ya que tendió a enarbolar lo extraordinario, tanto desde un punto de vista positivo, como extraño o desagradable. Para de Zayas todos los acontecimientos que modificaban estados de animo eran dignos de ser comentados, fuera cual fuera su naturaleza.
Esta es una de las claves que a la postre nos sirven para diferenciar a María de Zayas del resto de los autores que siguieron la línea realista y situarla como precedente, más o menos clarividente, del posterior movimiento romántico.
Otro quid mora en la tendencia aleccionadora que se desprende de su obra, propensión que se observa de forma más que evidente en los Desengaños.
El motor que mueve el mundo literario de María de Zayas es el amor, en cuya descripción no ahorra detalles. Destaca la forma en que narra los efectos causados por el amor, la resaca que éste deja en los cuerpos abandonados, y por ende, en las mentes perturbadas a su paso. Su secuela, arrolladora de por sí, deja aniquilados (sobre todo a nivel psicológico) a todos los protagonistas de sus novelas y en un nivel superior, a todos los que lo sufren. Por ello no duda en criticar la galantería, una fachada -la del galán- que, a su juicio, siempre busca la consecución del placer inmediato.
Lo ya comentado hasta ahora nos sugiere una pregunta: ¿Es María de Zayas una temprana defensora de las tesis feministas?
Por lo que hemos observado en las ediciones más actuales, no hay unanimidad respecto a esta cuestión. El siglo de oro de las artes españolas coincide con un periodo de crisis política y económica que la literatura también reflejó. Es por ello que no podemos contradecir las palabras de Pérez-Erdelyi cuando afirma que de Zayas “se anticipó a muchos objetivos de las feministas actuales; deseaba despertar la conciencia de la mujer para que viese como era retratada por la literatura”.
Fueron flacos los favores que la literatura del siglo de oro hizo a las intenciones de la madrileña, por lo que no resulta extraño que buena parte de sus contemporáneos, así como investigadores posteriores, hayan relegado su contribución literaria a un plano cuanto menos secundario. Sin embargo, utilizar el concepto "feminismo" para definir las intenciones de María de Zayas me parece cuanto menos arriesgado.
En primer lugar, el feminismo nació como movimiento con conciencia propia en el siglo XX, por lo que a nuestro juicio resulta tendencioso utilizar dicha terminología para definir las actuaciones personales de la madrileña. En segundo lugar, hay que señalar que la defensa que de Zayas lleva a cabo en su obra parte de presupuestos, sino conservadores, quizá demasiado ambiguos como para ser considerados como precedente feminista. Su deseo principal fue defender la honra social de las mujeres. María consideraba que los hombres eran los verdaderos causantes de la situación de éstas. Es por ello por lo que les va a acusar de denigrar sistemáticamente a las mismas y de negarles, por ejemplo, los beneficios de la cultura. Los hombres, considera, han afeminando más a las mujeres de lo que la naturaleza las afeminó, dándoles bondades en lugar de armas.
Hasta aquí podríamos decir que la postura de María de Zayas es novedosa. El problema surge cuando aborda el tema de la libertad de la mujer para elegir marido. Es entonces cuando la ambigüedad a la que antes aludíamos se hace indudable. María de Zayas no crítica, por ejemplo, los matrimonios concertados por conveniencia paterna. Era un mal menor frente a lo, a su juicio, verdaderamente terrible: el posterior abandono conyugal por parte del marido. Esta es una postura que a nuestro juicio no acaba de conectar con el resto de sus aportaciones, y que no nos permite apostar por de Zayas como precedente del posterior movimiento feminista.
Casualidad probable o justificada, fue que Pilar Oñate no incluyera a María de Zayas cuando abordó el tema del feminismo en la literatura española, algo que no debe hacernos olvidar el mérito que tuvo su obra a la hora de romper con los convencionalismos de la novela breve del XVII, ni la inmensa capacidad de la madrileña para construir, con gran habilidad y un estilo sencillo, grandes relatos en los que el fin del amor, de su fuerza irresistible, auspiciaba al fin de la esperanza, de la esperanza de que el engaño no estuviera detrás de todo lo realmente extraordinario, lo que a la postre se salía de los convencionalismos que nutrieron a la mayor parte de la literatura de nuestro Siglo de Oro.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Risto Mejide, Soseky y la Guerra de las Galaxias.

No, no es cierto...
Ni es sábado, ni acabo de volver de fiesta.
No he llegado tambaleándome al ordenador, y botella de agua en mano, me he puesto a escribir lo primero que se me ha pasado por la cabeza. Más bien es miércoles, acabo de hacer un poco de deporte -viendo la soporífera final de la Champions League-, y he decidido escribir un rato antes de pasar factura a mis neuronas en cuanto a lo aprendido en el tropecientos día de estudio. Lo digo, básicamente, por el título del nuevo post con que la Langosta trata de sorprenderles. Y lo hago, irónicamente, para justificar una relación que, a prioristicamente hablando, pudiera ser improbable.
Anoche -lo confieso-, veía Operación Triunfo, concurso que representa como ninguno los valores de la sociedad española actual, y quedaba prendado de uno de los miembros del jurado, probablemente el más mentado, efectivamente; era Risto Mejide, publicista de profesión y actor en sus ratos libres. Viendo como rayaba los límites de la ética televisiva al referirse a muchos de los concursantes, pensé en lo habitual que es esto en el mundo periodístico. No en vano, y sin ir más lejos, Fernando Sánchez Dragó, en uno de los mejores blogs que malviven en la red, “Dragolandia”, lo mismo se dedica a predicar las excelencias de su gato Soseki, que a denigrar y repudiar a aquellos que, por ejemplo, osamos amar deportes como el fútbol por el simple hecho de no ser algo culturalmente elitista, ¡manda huevos! (como diría aquel).
Sin duda -pensé-, el mentado Mejide ha debido aprender mucho de la agresividad que impera en los medios a la hora de desarrollar su labor. !Incluso de Dragó parece haber aprendido!. Y sí no, cómo explican esos ataques repentinos de “amabilidad”, esos gestos tan “campechanos”, esa ironía descarnada... Si sólo le falta hablar de su perro, "pulgaski"... Qué tierno sería, ¿no?
Será la incertidumbre, probable ironía del destino, la que -una vez más- decida el devenir de tanto melodrama. Es como todo...Hace quince años, cuando vi por primera vez La Guerra de las Galaxias, sólo podía fijarme en los maravillosos efectos especiales con que contaba. A día de hoy, cuando vuelvo a recuperarla de mi filmoteca, sólo me dedico a leer entre líneas de guión, a explorar en las actuaciones, y en definitiva, a disfrutar de aquello que la película simbolizó, simboliza y simbolizará. El caso es que quien sabe mi querido lector...Algún día, quizá más pronto que tarde, Risto Mejide, Soseki y Sánchez Dragó logren despertar algo en mi ser, no sé, quizá ese "que se yo" que te descubre algo ajeno a la artificialidad que hoy día reina en cada uno de sus arbitrios...

Posdata. Qué no. Que tampoco he fumado nada...

Y bajo los adoquines, no había arena de playa…

Cuarenta años después, el recuerdo de aquel mayo francés sigue vigente para muchos; aquellos que se esfuerzan en la utopía de otro mundo posible; aquellos que -ideologías al margen-, han contribuido a configurar el heterogéneo planeta en que hoy habitamos...
Todo esto es muy bonito, no cabe duda, sin embargo, mi querido lector, conviene descender a la tierra y analizar los hechos tal y como acontecieron, y acontecen. No en vano, lo grandioso que tiene la historia es que, como ciencia imperfecta que es, aún es necesaria para conectar pasado y presente en un diálogo constante capaz de hacernos participes de aquello que fuimos y seremos en el futuro -y esperado- “mundo mejor”.
Aquel mayo estudiantil, los estudiantes parisinos, al igual que aquellos del “no a la guerra”, no buscaban sino debilitar las políticas imperantes. Esto, visto desde un punto de vista objetivo, puede resultar muy loable, no me cabe duda (¿o sí?). Sin embargo, si echamos una mirada a los acontecimientos recientes, observamos que poco queda de aquel espíritu del 68, o al menos en lo que a nuestro contexto universitario más próximo se refiere.
Los estudiantes, y yo el primero, bastante tenemos con la indiferencia del mundo laboral como para centrar la mirada en anhelos y aspiraciones utópicas. El mundo puede desmoronarse ante nuestros ojos, y mientras -como animal de costumbres-, el virus del miedo nos atenaza a su paso, convirtiéndonos en seres inertes, incapaces de mirar más allá del horizonte, el anhelado horizonte… ¿de que sirve trazar horizontes en un mundo sin esperanza? -dirán no pocos-.
Aquel mayo estudiantil, en una Francia lastrada por su pasado, no significo ningún hito que deba pasar al recuerdo de las generaciones venideras, o eso al menos es lo que pienso. Se aplaude más la forma que el fondo de aquel proceso. Ya pocos recuerdan su significado, si es que hubo algún significado inherente ante unos pocos meses de protestas escasamente organizados, tanto ideológica como culturalmente. Fueron muchos, cierto, y bien utilizados por las fuerzas de extrema izquierda, que también. Sin embargo, no nos engañemos, y tengamos un poco de memoria, sí bajo los adoquines hubo arena de playa en aquella calurosa primavera parisina -que lo dudo-, el viento maestral se encargó pronto de hacerla volar al baúl de aquel recuerdo inalcanzable que ya pocos se empeñan en anhelar...¿cabrá hacer algo al respecto, no?

Posdata. Una forma de declararse contrario al conformismo es declararse conformista, y combatir el mal desde dentro. Ánimo, y al toro...

martes, 13 de mayo de 2008

Opositergoris...

Somnoliento, y casi sin aliento, me dirijo a “Conselleria”. Como siempre, y ya es un clásico, dejo todo para el último día. No pasa nada, no me preocupa, todo está claro. Llevo bajo el brazo toda la documentación que necesito. Sólo pagar, y me darán la bienvenida al maravilloso mundo del opositergoris; el único juego en que -si no tienes un buen enchufe-, te pasarás años y años jugando...
Todo marcha sobre ruedas. En la puerta, incluso, parece que salgan a recibirme... Toda una embajada de repartidores de publicidad, representando a otras tantas academias, parecen querer congeniar con el pobre Jorge, que bastante tiene con mantenerse en pie ante la tensión acumulada... Bueno, la última repartidora puede pasar la criba. ¡Ay omá qué rica!, como diría el gran Miki Nadal…!preciosa como Soseki!, que diría Dragó…
Pero, cuando logro quitarme de la cabeza a esa morena de ojos verdes (que por cierto, no se creía que yo cursaba en la Academia a la que representaba), ¡tachán!, el Nilo hecho muchedumbre. ¡Ups, qué agobio!...Esto va a ser eterno. Comienzo a hablar con la morena...estudia Biología, y también está preocupada. Esto de opositar no era lo que pensaba. La cola avanza y la morena continúa con su trabajo. Yo a mi rollo, somnoliento y casi sin aliento. El tiempo avanza casi con más lentitud que aquel amasijo de cuerpos demacrados por el estudio…
-¡Ya sólo quedan tres!
-!Dos!…
-Una!
-!Yo!…
-!Buenos Días!
-Hola, qué tal… (Deposito todo el papeleo sobre la mesa)
-(Silencio, silencio, tos, silencio…)
-¿Y el resto de papeles?
-(AYYYYYYYYYYYYYY)
-¿Qué papeles?
-La fotocopia del DNI y la declaración jurada…
-¿Jurada?, juro que desconocía la existencia de tal documento…
-Pues debe dejar de jurar en vano…
-(AYYYYYYYYYYYYY)
Comienzo a caminar, despierto y con aliento, dejando atrás aquella cola de espanto...mi primer hogar en el día de hoy. Me despido de la morena, aunque sin convicción...el opositergoris, -aquel juego en que si no tienes un buen enchufe te pasarás años jugando-, nos volvería a encontrar sólo un par de horas después y sin prácticamente nada de que hablar. No en vano, la rutina en las relaciones personales también puede dejarnos, somnolientos y sin aliento, esperando una oportunidad que, incluso la burocracia, se resiste a proporcinar.