sábado, 8 de agosto de 2009

Miedo (XX). Se cierra el círculo (II)

Ambos cruzaron sus miradas, petrificadas, como asumiendo rituales perdidos en la inmensidad de la luna llena, donde nada es lo que ves, donde nada es realidad. Sorprendido, Giancarlo clavó la mirada donde nacen las dudas, en lo profundo de la inmensidad de aquellos ojos resignados por la angustia. Querenini no pudo sino asumir su verdadera identidad. Giancarlo, por su parte, impotente, asumía tener delante al causante de todos los problemas que habían venido acuciando a su familia en los últimos meses, océanos de tiempo que hervían en su consciente retrotraer.
-¿Qué te ha contado tu padre? Preguntó Querenini como conociendo de antemano la respuesta…
-¡Impostor! Exclamó Giancarlo. Sabéis de sobra qué es lo que me ha contado…
-¿Y si ha osado mentir a su propio hijo? Arguyó el farsante.
-¿Por qué iba a hacer tal cosa? ¿A caso no eres tú quien ha dejado a mi padre en la ruina? ¿No eres un famoso ladrón de guante blanco? ¿No has recorrido media Europa destrozando la vida de familias enteras que confiaron en ti?
-No, Giancarlo. Mi deber en esta vida es sólo proporcionar perdón a las almas perdidas…
-¿Cómo te atreves? ¡Insolente rufián! El rostro de Giancarlo se oscureció, probable efecto de la ira contenida que comenzaba a supurar en el centro de gravedad de sus ojos…
-Debes llevarme en presencia del padre Antonioni, está en grave peligro, y debemos ponerle a salvo…
-¿Antonioni? Preguntó Gigi ¡Jamás le diré nada! ¿Qué pretende hacerle? ¿Por qué…?
-Ambos defendemos lo mismo, arguyó Querenini. Ambos juramos obediencia al Papa y ambos nos educamos en el mismo lugar, para recibir la misma instrucción. Ambos somos jesuitas, Giancarlo y, me creas o no, tu ayuda es fundamental. Es ahora o nunca, hay mucho en juego. Vamos, por favor, ayúdame a buscar al padre Antonioni. Por el camino te contaré el resto…
Giancarlo apenas pudo disimular su carencia de fe en Querenini. ¿Un jesuita estafador? ¿Y si era cierto? ¿Y si realmente Felipo estaba mintiendo? ¿Y Antonioni? ¿Estaría realmente en peligro? Demasiadas preguntas sin respuesta como para no continuar caminando, esta vez sí, a paso ligero, camino de la iglesia de San Antonio. De repente, al doblar la esquina del último callejón, algo desvió la atención de ambos desconocidos. Los restos de un líquido azul, vaporoso, desparramados junto a un trozo de tela negra desgarrada….
-Creo que se nos han adelantado, reflexionó Querenini…
-Pero… ¿Y ahora? ¿Qué podemos hacer?
-Tranquilo, Giancarlo. Guíame hasta la Capilla Scrovegni.
-Sin problemas, sígame…
Y Giancarlo se deshizo del yugo opresor de los brazos de Querenini y caminó a su lado, acompasando el paso en cadentes ritmos cada vez más estructurados. La vida de aquel que salvó la suya parecía estar en juego…valía la pena cualquier pacto con el diablo.

miércoles, 29 de julio de 2009

Miedo (XX). Se cierra el círculo (I).

“Giancarlo, giancarlo”…continuó aquella voz. “¿Sabes lo mal que lo está pasando tu padre con todo esto?; ¿A caso imaginas lo que supone para un progenitor tener que repudiar públicamente a su primogénito? No, Giancarlo. No tienes ni la más remota idea. Eres muy joven y ello puede excusar tu rebeldía. Pero has ido demasiado lejos, y lo sabes”…
Ciertamente, Giancarlo desconocía la identidad de aquel lánguido y desaliñado personaje. No obstante, más que el discurso por él pronunciado, lo que preocupaba al joven Gigi es que se había interpuesto en su camino. Su interlocutor, que denotó que el objetivo real de Giancarlo no era escuchar sus palabras, se vio forzado a ampliar su campo de acción. Tras un movimiento brusco, agarró con fuerza los incipientes músculos superiores del joven y procedió hablándole a escasos centímetros de los ojos, desprendiendo un aliento de taberna casi irrespirable…
-¡Escucha piltrafilla! ¡No volverás a obviar las palabras de un superior!
-¿Superior? -se preguntó Giancarlo- sólo Dios lo es…
-¿Dios? -Gigi continuó forcejeando con su captor- ¡Dios, dices! ¡Dime, Giancarlo!, ¿Dónde está Dios ahora? ¿Por qué no te ayuda a escapar? ¿Por qué no lo hace?
-¡Está bien, pare! ¡Me hace daño! ¡Le escucharé, le escucharé…!


Antonioni despertó entre humedad y vapor de aire. Un dolor fuerte en el techo de su condición humana le impedía organizar pensamientos, así que se dedicó por un instante a procurar adaptar su parca visión a las circunstancias, sombrías, del lugar en que se hallaba encadenado. Gritar no hubiera valido de nada. Los gruesos muros de aquella gélida estancia así lo aconsejaban. De repente, un pequeño candil iluminó el portón de lo que, ahora sí, parecía ser una pequeña capilla lateral dejada de la mano de Dios. Con tres forzados movimientos, el elemento sustentante de aquel haz lumínico hizo acto de presencia. Paralizado por el miedo, Antonioni no pudo articular palabra. Siquiera lo intentó. No era la primera vez, pensó, que un hombre pretendía tomar la justicia divina y hacerla propia…
-Felipo, ¿Dónde está Giancarlo?


¡Es él! ¡No cabe duda!, pensó Giancarlo mientras aquel espécimen de encías sangrantes se obcecaba con hacerle caminar rápido, a la par que sin llamar la atención de los transeúntes. Pero, ¿Cómo era posible?, ¿Qué hacía él aquí?...
-No te retrases, sigue caminando, insistió el captor, aún queda un largo trecho…
-Ten, ¿Quieres un poco de agua?, añadió como obligado por una doble moral difícil de ocultar…
-Gra...gracias…
Al saciar su sed, Giancarlo sintió un impulso renovado por calmar la curiosidad que le reconcomía. Haciendo gala de una extrema valentía y una honda serenidad en la cadencia vocal, Giancarlo cerró el recipiente suavemente y preguntó:
-¿Es usted Querenini., verdad?


-No estás en posición de hacer más preguntas cura negro, respondió Menzano con aura de incongruente superioridad.
Antonioni, en un impulsó arrebatadoramente mundano, trató de agarrar el tobillo de Felipo en un ademán torpe y carente de confianza. El toscano, por momentos irreconocible, seguía y seguía insistiendo en golpear al garante de sus problemas. Movimientos poco productivos. Apenas dos minutos después el cansancio inundó las arterias del jesuita…
- ¿Puedo continuar, padre?
Felipo respondió por él mismo.
-Bien, como le estaba diciendo, su situación es harto compleja. Tenemos varios testigos que le han visto arrojar un líquido extraño al alcantarillado público en una callejuela cercana a la Iglesia que usted regenta. Asimismo, hemos encontrado una serie de cuadernos de notas, que expertos en el tema continúan analizando, y en los que parece hacer referencia a la presencia de una secta en la villa de Padua…
-¡Cómo te atreves! Arremetió Antonioni con la dureza de una voz lastrada por la falta de sueño…
-¡Eres tú el protagonista de esta pesadilla! ¡Tú, farsante insolente! ¿Cómo puedes hacerle esto a tu hijo? ¡Pobre Giancarlo! ¡Dios te maldiga!...

sábado, 25 de julio de 2009

Miedo (XIX)


Giancarlo no volvió a casa una vez Antonioni cerrara el portón de San Antonio tras los acontecimientos del Palacio Bo. Aprovechando sus conocimientos en el arte del robo a pequeña escala, forzó la entrada lateral de San Antonio y permaneció en silencio, cabeceando, durante buen rato, dentro de uno de los confesionarios. No podía dormir. Estaba demasiado excitado pensando en todo lo ocurrido aquella noche. La ansiedad maltrataba la conciencia de aquel joven que, en apenas dos días, se había visto forzado a convertirse en adulto. Absorto en sus pensamientos, Giancarlo sintió un escalofrío cuando advirtió la presencia de Antonioni que forzaba la apertura del relicario de San Antonio. Intentando no ser descubierto, Giancarlo incrustó sus ojos en la celosía que separaba lo mundano de lo sacro…el pecado del perdón. Antonioni logró su objetivo. Giancarlo, en cambio, no entendía que estaba pasando. Antonioni, arrodillado a los pies del altar mayor no olvidó sus maitines crepusculares. No obstante, y sin previo aviso, el confesor se evaporó abandonando San Antonio con dirección desconocida. Giancarlo no lo dudo un instante, debía advertir a Antonioni de los peligros que acechaban al jesuitismo…debía, debía ser justo con él, hacerle comprender la necesidad de actuar. De repente, abrió el confesionario y a toda velocidad se dirigió a la entrada forzada horas antes. Al atravesar la sacristía, una figura inmóvil sesgó de cuajo sus aspiraciones…
- ¿Tienes miedo Giancarlo?


Del cuaderno de notas del padre Antonioni…
Las primeras investigaciones me llevan a la más absoluta de las derivas. Durante siglos, los monarcas han sido personajes casi sagrados, intocables, gracias a ostentar el cetro y la corona, teniendo en sus manos el destino de todos sus súbditos. No obstante, su afán implacable siempre ha sido ir más allá: ostentar potestad eclesiástica. No obstante, la existencia de una Octava Partida parece más que poco probable. Alfonso X fue un Monarca profundamente católico que destacó por desarrollar un encomiable impulso al derecho. He repasado todos los artículos de las Siete Partidas y nada parece ir más allá de lo moralmente reprobable. No obstante, señalo a continuación el contenido del Título XIII, referido a la figura del monarca y que afirma textualmente: “el pueblo no debe cobdiciar su muerte nin querer la ver en ninguna manera, ca los que fixiessen de llano se mostrarían sus enemigos que es cosa que se deue el pueblo mucho guardar”…Sinceramente, ando perdido. Las Siete Partidas insisten una y otra vez en la necesidad de juzgar implacablemente cualquier intento regicida. A los Jesuitas portugueses y franceses se les ha acusado recientemente de ello…Por otro lado, una Octava Partida acoge secretos alquímicos con los que lograr aquello que se desea, siempre que no se tenga miedo…y un perfumario se supone el centro de atención de una secta recientemente instalada en Padua: ¿Con qué intenciones?
Si la muerte del mundo cae sobre mi vida. Dios me permitirá salvaguardar la de aquellos que deberán combatirla…

Miedo (XVIII)

No esperó Antonioni a que el primer gallo cacareara extasiado aquella fría mañana de marzo. En silencio, y portando entre sus manos aquel maldito perfumario, cerró el portón de San Antonio y caminó guiado por los arrítmicos latidos de su corazón. No soportaba más aquel peso que lastraba su conciencia. Antonioni, como buen jesuita, había adquirido una capacidad sorprendente para perdonar a sus semejantes. Felipo Menzano había ido demasiado lejos. Aquella noche en el Palacio Bo trastocó los planes vitales del toscano. Alejar a Giancarlo de la ignominia era ahora su objetivo. Antonioni tomó la primer callezuela a la derecha, apenas a doscientos metros de su amada Iglesia. Entonces, conteniendo en la medida de lo posible la respiración, miró a su alrededor…silencio, ¡bendito silencio!
Una vez más, Antonioni repitió idénticos movimientos, primero a un lado, luego al otro…y silencio. A continuación, extrajo de su hábito aquel perfumario. Los primeros rayos de sol coloreaban el contenido del mismo, otrora traslúcido. Antonioni no pudo sino trasladar su atención al mismo. Sin embargo, en un arrebato producto de la ira acumulada, Antonioni forzó la apertura del perfumario y, lentamente, vertió su contenido en la alcantarilla que humeaba bajo sus pies. Aquel líquido pareció brillar más si cabe una vez en contacto con las heces putrefactas. Los secretos alquímicos que tanto anhelaba Felipo eran historia, Padua volvía a estar a salvo…Antonioni sintió una sensación de paz casi mística, inexplicable, mayestática. De repente, al intentar deshacer sus pasos, un golpe secó sesgó de cuajo los recuerdos de una sensación irrepetible.
¿Qué sería de Giancarlo?

jueves, 16 de abril de 2009

Miedo (XVII)

Aquel instante pasó a los anales de lo imperfecto. Felipo, con el ánimo enjaulado e indomable, sostenía la mirada penetrante con que amenazaba la atención de su primogénito. Mientras tanto, el padre Antonioni, desapareciendo misteriosamente de la faz de la tierra, recordaba aquella oración de infancia que su matrona entonaba noche tras noche, cuando ni hierbas ni milagros, lograban captar la atención de Morfeo…
-Padua no puede permitir más ofensas, Antonioni, afirmó Felipo. Las cosas cambiarán sí o sí, y usted no puede hacer nada para impedirlo…
-Felipo…se contuvo Antonioni. Recapacita, hijo mío. Sabes de sobra que esto es una auténtica locura. La fe…
-¿Fe? ¿Se atreve a hablarme usted de fe? ¡A qué fe se refiere! ¡A la impuesta desde el púlpito! ¡A la maldita fe que nos ha cegado durante siglos! ¡A la fe de la Inquisición! ¿Cuál es esa fe? ¡Digame, padre! ¡Continúe exculpando a los que consideran la fe como el único medio de salvación! ¡Continúe!...
- No, Felipo.
- ¡Hágalo! Porfirio Felipo con la mandíbula desencajada.
- No…No creo que merezcas siquiera el honor de volver a la senda correcta…
- ¿Correcta? ¡Por favor, no me haga reír!...
- Lejos de mi objetivo, ironizó el toscano…
- Muy bien, esbozó Felipo con rostro hierático, le invito a marchar Antonioni. Giancarlo, ven aquí ahora mismo…
Giancarlo había escuchado en silencio, petrificado, inmerso en un extraño mar de sensaciones de difícil descripción. No reconocía a su padre, no cabe duda, y sin embargo, aún había en él algo del de antaño. Su aspecto infantil y rechoncho, sus facciones apenas marcadas, su ceño iracundo…su mirada, aún cargada de ira, encerraba algo más de lo que Giancarlo podía alcanzar a comprender y a explicar. Qué podía hacer alguien como él en un momento como ese. Llorar, quizá… ¿Hubiera servido de algo?, ¿Y gritar? ¿Por qué no? Gritar tan fuerte como su voz le permitiera, desgarrar el vilo de sus cuerdas vocales, derrumbar el castillo de naipes de su pecho… ¿Y callar? ¿Alguna vez le sirvió de algo?...
-Mi buen señor…
-Giancarlo, no te lo repetiré tres veces…
-Se qué os preocupa, que habéis perdido algo que os es de suma importancia…
-¡Giancarlo! Se sorprendió Antonioni…
-No padre, déjeme acabar....Algo, continúo Gigi...algo sin lo que vuestra vida deja de tener sentido. Algo que puede satisfacer todos vuestros…
-¡Deseos! Interrumpió Felipo denotando un nerviosismo difícil de ocultar al resto de presentes…
-¿Os sigue interesando recuperar dicha capacidad?
De repente, y como sumido en un profundo hechizo, Felipo Menzano pareció sentirse en manos de su propio hijo. Sintió que, en aquel instante único, hubiera hecho cualquier cosa por él, por hacerle feliz; se vio compartiendo a su lado todos los momentos importantes de la vida…Se vio recuperando aquel perfumario…acabando con la existencia de Querenini…aquel poder, aquel enigma…
-¡Tú! ¡Maldito ladrón! ¿Cómo osas llamarte hijo mío?
-Ya no, Felipo…Ya no.
-¡Te mataré! ¡Pongo por testigo a todos los presentes! ¡Devuélveme lo que es mío…si no…!
-¡Felipo! Estalló Antonioni…
-¿Cómo osa?
-¡Yo tengo aquel perfumario! ¡Entiendes! ¡La Santa Iglesia Católica se ha visto obligada a requisarlo! ¡Y bien harás de no jugar con fuego…! Los Jesuitas conocemos muy bien como funcionan los mecanismos inquisitoriales…
-¡Yo…! Aquellas palabras paralizaron a Felipo…
-Tú nos dejarás marchar, darás por finalizada esta desfachatez y te centrarás en el cuidado de tu familia…de lo contrario…
Al abandonar el Palacio Bo, el rocío caló hasta los huesos a Giancarlo. Antonioni, siempre atento a las circunstancias, abrazó con fuerza a su pupilo…Juntos trazaron el camino de regreso. Los primeros y madrugadores gallos patavinos entrenaban cacareos…poco podrían esperar ambos que el día siguiente marcaría a fuego el sino de sus vidas…

lunes, 23 de febrero de 2009

Miedo (XVI)

Ni uno de los allí presentes se mostró excesivamente turbado. La serenidad que reflejaban sus rostros, contrarrestaba con la turbación de aquellas dos almas osadas que habían decidido interrumpir el curso del cenáculo. Quien sabe, quizá esperaban que algo así ocurriera. Sin duda, que un cura y un quinceañero fueran, finalmente, los protagonistas de sus peores augurios no era sino un mal menor. Una redada inquisitorial, que duda cabe, hubiera provocado consecuencias diferentes…
Antonioni tardó unos segundos en adaptar su visión a las nuevas circunstancias. El palacio Bo era más sobrio de lo que parecía esperar. La escasa iluminación del recinto, que los presentes intentaron contrarrestar bajo el efecto de una veintena de candelillas preparadas para la ocasión, no permitía distinguir excesivos alardes decorativos. Sin embargo, lo que centró la actividad neuronal del toscano en aquellos eternos segundos fue identificar a los presentes…aquella docena de ovejas descarriadas que entorno a un tablero de forma octogonal le examinaban sin descanso. Hubo dos rostros que no logró identificar, y al no hacerlo, pasaron desapercibidos de forma casi inconsciente. Sin embargo, su corazón quedó mermado al observar el gesto sombrío y recio de Aquiliani, uno de los otrora asiduos a sus homilías, mercader que hizo lo imposible para ignorar el cruce de miradas que Antonioni esperaba con pasión, casi con ira contenida. Que los Aspartuto, que denotaban cierta culpa en sus rostros, trataran de ocultar su identidad gracias a las caperuzas no pasó inadvertido al toscano. Tampoco le sorprendió en demasía que la secta lograra captarlos. Resulta sencillo renegar del Altísimo cuando su designio es incapacitar al amor para engendrar descendientes…
Sin embargo, Antonioni quedó petrificado al ver como Felipo Menzano, que parecía presidir la velada, esgrimía una mirada amenazante que paralizó a Giancarlo. Ningún sonido en el mundo hubo podido alterar aquel instante. Gigi apretó fuerte el brazo de su confesor…
-Giancarlo, hijo. ¿Qué haces aquí?, le reprendió Felipo…
-Padre…yo.
-Felipo, interrumpió el cura negro. Pídeme a mi las explicaciones…te las daré encantado.
-Los jesuitas siempre metéis el hocico donde no os importa, ¿verdad?, exclamó Felipo irónicamente.
- Si Dios lo quiere…
- Tu Dios no tiene nada que ver en esto. Habéis osado interrumpir una reunión privada y exijo una explicación…
El rostro de Felipo se iba encorelizando por momentos y parecía empequeñecer las razones que Antonioni tenía preparadas de antemano…
-¿Tienes miedo, Felipo? Se atrevió a preguntar…
-Más deberíais tener los jesuitas, sentenció Felipo.
-¿Cómo te atreves?...
- El tiempo de dominación ha concluido, “padre”. Primero Portugal, Francia…pronto España, Italia…y por fin Roma, caerán a la evidencia de un mañana mejor, las luces lo harán todo visible…las miserias, los errores, deben ser erradicados. El jesuitismo ha de caer y así será. Sois una plaga, una maldita plaga que no ha hecho más que extenderse en silencio, sin llamar la atención…pero nosotros gritamos más ahora, somos más fuertes, mejor preparados, y está en nuestras manos acabar con vuestra influencia…sí, es cierto, en los últimos años no habéis hecho otra cosa que conspirar en nuestra contra, pero ya no es suficiente…Nada queda que hacer, padre.
-Felipo…
-No, padre, interrumpio el noble alzando la voz. En cuanto a ti…
Gigi quedó petrificado.
-No metas a tu hijo en esto, gritó Antonioni…
- Usted no está en posición de dar órdenes, !Aquí no tienen valor!…Giancarlo, susurró Felipo, ven con Papa…
Y sin embargo, al oír las palabras de Felipo, Gigi, en plena posesión de cabales, no hizo sino retroceder un par de pasos para ocultar su rostro en la oscuridad del hábito de Antonioni…Y de repente, un murmullo atronador reveló lo osado de aquel movimiento. Las miradas de los presentes se cruzaron buscando respuestas…Y sin embargo, Felipo, desgarrado por la ira, no pudo sino fruncir el ceño y mostrar su impotencia…Antonioni se convertía en el nuevo objetivo de Felipo…
-¿Qué le has hecho a mi hijo? ¡Cómo te atreves! ¡Maldito farsante!
Y Antonioni no escuchaba. Con las manos sudorosas acariciaba el pelo de Giancarlo…
Jamás conoció a nadie más valiente.

miércoles, 28 de enero de 2009

Miedo (XV)

Caminaban despacio y en silencio. Contenían la respiración cuando cualquier ruido apartaba su mirada del camino preestablecido. Giancarlo, de cuando en cuando, susurraba una melodía. Antonioni contaba los mojones del camino. Hacia el sur de Padua, en una de las zonas más bellas que él nunca había conocido, se abría paso la Universidad, una de las más antiguas de Italia. Antonioni nunca estuvo de acuerdo con la filosofía mantenida por la institución académica. De la mano de la República de Venecia, personajes como Galileo Galilei expusieron libremente sus teorías y contrariaron a la Iglesia Católica. No obstante, como buen jesuita, Antonioni tenía una extraña capacidad para abrirse a los nuevos tiempos. Cuando leyó por primera vez “Dialogo sobre los principales sistemas del mundo” entendió que el pisano no debía andar desencaminado. A fin de cuentas, el método científico al que Galilei aludía no era sino producto de uno de los designios divinos fundamentales: el hombre, sin fe en sus posibilidades, jamás hubiera accedido a la capacidad de razonar sobre su propia existencia. ¿Surgían dudas? ¿Preocupaciones? ¡Y qué!...un mal menor si la causa era dichosa. Sin embargo, lo que contrariaba al toscano era la oscura obsesión de determinados personajes a la hora de imponer posturas a la fuerza. ¡A caso eran molestos aquellos que seguían creyendo en la existencia de algo más allá de lo terreno!
Inesperadamente, Giancarlo aceleró el paso. A lo lejos, más cerca de lo que ambos se atrevían a pensar, se atisbaba el Palacio Bo, sede de la Universidad, centro logístico de la instrucción académica desde que la República de Venecia comprara el edificio a un prospero carnicero en 1539. La cabeza de Buey que decoraba el friso del frontón continuaba atestiguando aquel momento, inamovible en el tiempo, en el que la cultura irrumpió en Padua, cual sortilegio enigmático, atestiguando la llegada de un periodo de prosperidad absoluta…
-Mi padre…interrumpió Giancarlo. Mi padre debe estar ahí dentro. La secta…
-¡Un cenáculo! !En Padua! Exclamó el cura negro…
-Eso me temo. Es el precio que mi padre debía “pagar” para acceder a los secretos de la Octava Partida…
Antonioni observó como el gesto de Giancarlo se torcía a pasos agigantados. Atribulado por el peso de un alma en vilo, desesperada, casi inerte, Gigi respiraba con dificultad, sediento de paz, enquistado en aquella tormenta que inició al estar en el lugar incorrecto, en el momento menos adecuado. Recordaba los felices años, cuando su padre -ajeno al rumor del oleaje- deambulaba absorto por el dispensario de San Antonio, contemplando el estado de las obras que financiaba; cuando acudía a la capilla central a rezar el rosario cogiendo fuerte la mano de su primogénito; cuando salvar su alma, y con ello, huir de la tempestad terrena, era la más absoluta de las prioridades. Recordaba los días de vino y rosas, los presagios confirmados…Aquel perfumario, aquel infame Querenini… ¿Cuánto daño es capaz de hacer un solo hombre?
Giancarlo se retorció tratando de enclaustrar su columna en el lugar apropiado.
-¡Entremos! Exclamó…
-Gigi, ¿Estás seguro? Sabes que las cosas podrían arreglarse de otro modo…
-No, padre. Ahora mismo mi padre no es aquel al que yo conocí. Se ha transformado en un ser abominable. No le reconozco y todo es por culpa de ese maldito perfumario…
-¿Crees que sería capaz de utilizarlo?
-No le quepa duda.
-¿Crees que tiene miedo?
-Espero que sí...
Alfonso el Sabio lo tuvo, continuó Giancarlo, y por ello no logró su objetivo de unificar los reinos ibéricos. Al menos eso es lo que afirman...Es curioso, titubeó, Isabel de Castilla, católica como nadie, rechazó en todo momento este tipo de supersticiones...el miedo es tan relativo, logró unificar España casi sin proponerselo… ¿Cuestión de fe?, no lo creo…
-La fe no es el único factor que influye en los designios humanos, interrumpió Antonioni como intuyendo la respuesta de Giancarlo...
-Pero ciega…
-¿Y tu padre…?
-Mi padre lo está por las circunstancias. Presionado económicamente, se ha dejado llevar por una fe absurda, inconsciente, casi tribal y que, sin embargo, ha embaucado su alma...
-Entiendo, asumió Antonioni. Debemos impedir su aniquilación moral.
-Siempre que así lo quiera, prorrumpió Giancarlo…
Un silencio devastador se abrió paso bajo la espesa neblina que lo cubría todo. El palacio Bo esgrimía un aspecto grisáceo y turbador. Giancarlo probó a retorcer el pomo de la entrada principal. El óxido sonido alertó a Antonioni, ¿Qué sería de Giancarlo?