lunes, 24 de noviembre de 2008

Opi (I)

El éxito de la misión parecía garantizado. Tantos años de investigación comenzaban a dar sus frutos. La sonda “Oportunity” iniciaba el programa de desmembramiento, la cena estaba servida, caballeros.
En a penas cuatro minutos, el sistema operativo de la OPTNY, comenzaría a calibrar los primeros patrones de espera. Doce segundos después, el milagro de caminar por aquel inhóspito territorio se haría posible, no hay lucha improbable, pensé.
La última esperanza para nuestra civilización era hallar agua en aquel planeta. Líquido elemento, protagonista en nuestro último conflicto bélico a escala mundial. Curiosa ironía del destino: acabó con la fe y con el agnosticismo. Cerró puertas y ventanas. Creo monstruos y deshidrató conciencias. Incauto elemento perdido.
Pero ahora estábamos de nuevo en el camino correcto. Habíamos aprendido la lección de la historia. Oportunity daría luz a un nuevo amanecer para nuestra raza, nos devolvería la fe, así como el derecho a no creer en entes superiores, aniquilaría a los monstruos creados y, por qué no, rehidrataría nuestras atormentadas almas. Era la oportunidad que tanto anhelábamos. Era el futuro en un presente cargado de esperanzas.
El reloj digital de la sala hizo cuatro veces el mismo viaje de retorno. Los cuatro minutos han pasado -inquirí presto y excitado-, iniciando fase II.
De repente “Opi”, apelativo cariñoso con el que los miembros del “Programa” bautizamos a nuestra sonda, empezó a consignar las rutinas esperadas al computador central: nivel de presión, temperatura, estado general de la unidad operativa, situación calorífica interna…todo parecía marchar según lo previsto.
Doce segundos después, quedaría demostrado. Fue entonces cuando Opi inició su andadura en la historia.

martes, 4 de noviembre de 2008

La langosta se vuelve a posar (de nuevo)


La langosta vuelve de sus vacaciones. Esta vez, y dejando de momento por incompletos los post anteriores, os presento una modesta historia con la que no tengo más pretensión que la de entretenerme escribiendola y hacer lo propio con aquellos lectores que se atrevan a proceder a su lectura....


Salud, fuerza y honor


P.D. Procuraremos postear con mayor asiduidad. El cuerpo así nos lo vuelve a pedir de nuevo.

martes, 5 de agosto de 2008

Modernidad o tradición. Las dos vías del pensamiento español en el siglo XVIII (I). Introducción: apología y crítica frente a la visión europea.

La aparición del artículo "España" de Masson de Morvilliers en la "Enciclopedia Metódica" en el que se afirmaba que a nuestro país no se le debía nada en el campo científico-técnico, desató profundas críticas entre la elite del pensamiento español del momento. Sin embargo, para muchos, este artículo era la prueba que evidenciaba la posición que los europeos otorgaban a España en el avance de las ciencias útiles, un avance que venía produciéndose en casi toda Europa exceptuando aquellos países “qui adhue in tenebris versatum”[1].
No en vano la España dieciochesca continuaba evolucionando al margen de los progresos científicos y técnicos acaecidos en Europa, algo que no escapó a la pluma ácida de Morvilliers ni a la mayor parte de las inteligencias europeas coetáneas.
La respuesta desde España no se hizo esperar y tuvo como objetivo prioritario el lograr que estas afirmaciones cayeran en saco roto y no debilitaran los ánimos. En un contexto como el del setecientos, no cabe duda de que estas acusaciones debieron ser dolorosas, especialmente para nuestros reformistas que, por un lado, eran conscientes de la innegable decadencia patria y, por el otro, veían como desde Europa parecían vanos los esfuerzos que, desde finales del siglo anterior, se estaban llevando a cabo para reformar el país.
La defensa del patrimonio cultural patrio nació de la necesidad de que este fuera posible, fomentándolo. No hay que dudar, como en su momento hiciera Ortega y Gasset[2], de las aportaciones culturales de tantos reformistas e intelectuales que, con el objetivo de elevar el nivel cultural en nuestras fronteras, hicieron causa común en vistas a alcanzar la modernidad.
A lo largo de los siguientes capítulos, procuraremos establecer cómo se llevó a cabo dicho proceso. Procedamos entonces...

[1] Fue Manuel Martí, deán de Alicante, quien acuñó esta frase en la que asumía que España continuaba moviéndose “entre profundas tinieblas”.
[2] Ortega y Gasset llegó a afirmar que el problema de la España que él vivió residía en la carencia de una centuria preceptora anterior.

martes, 29 de julio de 2008

"Padre, por qué nos temen". Claves de la leyenda negra antijesuítica (II). Sobre por qué temer a los jesuitas.

Cuando Carlos III rubricó con su firma la Pragmática Sanción de acuerdo a "causas urgentes, justas y necesarias", los motines de primavera del año anterior -que la historia rebautizó como "motines de Esquilache"-, aún debían pesar en la mente del monarca. Sin embargo, a la hora analizar el fenómeno antijesuita, hay que tener muy presente que la decisión última de perpetrar la expulsión de la Orden no respondió al quehacer vengativo de un Rey que definitivamente había dado la espalda a la Compañía. Más bien al contrario, el abanico de razones que justifican la medida adoptada deben explicarse haciendo hincapié en la maraña de circunstancias -también internacionales- que conformaban el contexto español del momento.
En cierto modo, parece como si sólo los jesuitas desconocieran el temor que sus supuestas "maniobras conspirativas" venían despertando entre sus contemporáneos. No en vano, el resultado final de la "pesquisa secreta", proceso sumarísimo que siguió a los motines de Madrid, fue todo menos sorprendente. Pero, si el desenlace fue tan puntillosamente planeado, cabe indagar en las causas que inspiraron decisiones tan rotundas y que, como veremos, se basaban en el pánico que las acciones de la Compañía venían generando y en el modo en que la “leyenda negra” jesuítica se expandió.
No sorprende que fueran razones de estado las que inspiraran en mayor grado a los contrarios a la Compañía. No obstante, cada vez son más los trabajos que tienden a deshacer los no pocos tópicos acumulados desde el setecientos. No hay duda que para los antijesuitas fue un acierto el poder contar con este tipo de imputaciones sin las que, probablemente, no podrían haber torcido la voluntad real que, aunque era contraria a las prebendas jesuíticas, aún podía temer posibles represalias pontificias.
La importancia del contexto internacional debe quedar al margen de toda duda. Resultan curiosos los paralelismos en el modo de proceder y en los cambios de actitud registrados, tanto en Francia como en Portugal, los años previos a la expulsión de los jesuitas en ambos reinos, y como muchas de las acusaciones vertidas por los antijesuitas galos y portugueses, también fueron recurrentemente utilizadas en España.
En su Dictamen Fiscal, Campomanes, principal valedor de la cruzada antijesuita en nuestras fronteras, no duda en utilizar -incluso transcribiendo literalmente- muchos de los argumentos esgrimidos por el Parlamento francés o por Carvalho en Portugal. Todos los argumentos en contra de la Orden ignaciana parten de una misma idea: los jesuitas, al actuar como un cuerpo propio, dirigido por altas esferas, dependían plenamente de los designios articulados desde su propio “gobierno”, siendo sus actos juzgados de manera interina o, en último término por el Papa (a quien habían jurado un cuarto voto de obediencia exclusivo).
La “leyenda negra” del jesuitismo parte de esta premisa al considerar que los líderes de esta “confederación” venían -desde la práctica fundación de la Orden-, pretendiendo obrar todo mal que fuera en contra del Estado, de la Monarquía y, por ende, de la soberanía tradicional. Asimismo, un nuevo concepto político: el regalismo; doctrina auspiciada por los ministros ilustrados y que alcanzó su apogeo durante el reinado de Carlos III, no era una política compatible con las supuestas prebendas jesuíticas que se asumían como conspirativas y contrarias al albor de las luces.
Los atentados en Francia y Portugal, con claras intenciones regicidas, hicieron saltar todas las alarmas. No es de extrañar que, ante el temor que estos acontecimientos despertaron, las actitudes fueran globales y las soluciones ajustadas a un mismo guión establecido. Tanto en Francia como en Portugal, y así ocurrirá también en España, el proceso de incriminación de los jesuitas se basó, sobre todo, en supuestos, sí no poco veraces, débilmente comprobables. A pesar de ello, el extrañamiento se llevó a cabo en ambos países y muchos de los expulsos fueron acogidos en España por unos jesuitas que horrorizados, asistían a la narración de unos hechos que aún seguían viendo como ajenos a su realidad.
Mientras, el clima internacional, como hemos visto, era el propicio para facilitar la toma de posturas. El mismo Campomanes, sólo tuvo que poner su pluma al servicio de los hechos descritos por el antijesuitismo francés y portugués, transcribiendo sus vivencias como sucedieron -o como quisieron que sucedieran- para, en último término, amedrentar al monarca y sus consejeros haciéndoles partícipes de su clarividencia personal: ¿A caso España estaba a salvo de los designios conspiradores y regicidas del jesuitismo internacional?...
Poco a poco, los jesuitas fueron abriendo los ojos ante lo que sucedía, manteniéndose a la espera de acontecimientos. En la Corte, sin embargo, una idea parecía ir imponiéndose al resto: sólo medidas rotundas evitarían males mayores…los motines del 66 eran buena prueba de ello.
Acusar a los jesuitas de regicidio fue un acierto de los contrarios a la Orden. Que dos fuerzas políticamente opuestas mantuvieran un pulso de tan grandes dimensiones sin que se perdiera el equilibrio era pura utopía, y más en un contexto de Antiguo Régimen como el que se convivía. Los intereses ultramontanos, avalados por la tradición y apoyados por los jesuitas, y los regalistas, eran dispares y radicalmente opuestos, tanto como -a juicio antijesuita-, lo eran los ignacianos a los intereses del Estado y a la preponderancia de la Monarquía borbónica. Sólo uno de los caminos podía imponerse. Fue entonces cuando el talento intelectual y dialéctico de los ilustrados se impuso a los anquilosados posicionamientos mantenidos por el sector ultramontano…Fue un primer triunfo que, sin embargo, hirió de muerte a la Orden.
La valía de Campomanes a la hora de redactar la “sentencia de muerte del jesuitismo en España”, supo aprovechar las incriminaciones regicidas vertidas por el antijesuitismo europeo, utilizándolas como arma decisiva a la hora de alejar -primero-, a la facción ultramontana del poder y -segundo-, convencer al Rey de que la medida más consecuente era expulsar a la Orden que promovía todos los males por mor analizados. Fue una de las grandes victorias del despotismo en España. Sin embargo, aún quedan puntos negros en la investigación como para dejar de hablar de “leyenda negra” al referirnos a la obsesión regicida de los ignacianos.
Otra acusación corría también como la pólvora en los años previos a la expulsión. Según se decía, la Compañía de Jesús conformaba una auténtica Monarquía despótica que, gracias a su tremenda capacidad para actuar como ave de rapiña, contaba en el setecientos con más recursos económicos que cualquiera de las monarquías legítimas de Europa. Genial es el paralelismo con los templarios al que alude Campomanes en su alegato fiscal, aunque no menos lo son las acusaciones que enjuician la misión jesuítica tanto en América como en las Indias orientales, China o Japón y que fomentaron la jesuitofobia en Europa. Siendo, como apunta Eva María St. Clair, la desobediencia “el cargo que cobró mayor importancia para ambas partes”. Los jesuitas, conscientes del peligro que suponían estas diligencias, “dedicaron gran parte de su esfuerzo dialéctico a rebatirlas (…) expusieron un sinfín de justificaciones y motivos para obrar de esta manera, intentando que la cuestión pareciera menos grave de lo que era en realidad (…) excusas que, independientemente de sus sólidos fundamentos, no buscaban sino disimular un hecho que era ya insoslayable”.
Y es que, no en vano, Roma llegó a condenar las actividades misionales jesuíticas, algo que, por primera vez, encendió las alarmas entre la Orden…
¿Estarían perdiendo a caso el apoyo del Pontifice?

"Padre, por qué nos temen". Claves de la leyenda negra antijesuítica (I)

Miedo: estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa posible de padecimiento.
En la España del setecientos, no fueron pocos los momentos en que este sentimiento -de por sí tan humano-, se adueñó tanto de aquellos con la capacidad para transformar las cosas, como de quienes, a fin de cuentas, sufrían con mayor intensidad sus efectos.
Hay mucho temor en las motivaciones profundas que impulsan al género humano y, de sus efectos, derivan consecuencias, que a la larga, nos sirven a los historiadores para rescatar del olvido cuestiones tan apasionantes como la que nos ocupará en las siguientes líneas.
Sin embargo, el problema surge al comprobar como el miedo es capaz de inspirar medidas tan poco justificadas como las que de forma oficial se pusieron en marcha en la mañana del dos de abril de 1767, y que supusieron el extrañamiento de todos los miembros de la Compañía de Jesús sitos en los dominios de Carlos III.
A lo largo de los siguientes párrafos, pretendemos analizar cómo se configuró el fenómeno antijesuítico y sobre todo, cuáles fueron las principales acusaciones con las que los enemigos de la Compañía contaron para convencer al monarca de lo necesario de proceder a su extrañamiento.
Para ello, prestaremos especial atención al Dictamen Fiscal de Campomanes, a fin de cuentas, el documento que acabó por inclinar la balanza en favor de los antijesuitas, auspiciando lo que Fernán Núñez, instruido por los jesuitas a expensas del Rey, definió como "la providencia más bien combinada, más uniforme y más secreta de cuantas España vio jamás"

lunes, 28 de julio de 2008

La alternativa picaresca. Un buscón llamado Pablos (III). Anatomía de un pícaro según Quevedo...

Describir el apogeo de lo hispánico y su posterior declive a través de las enormes lentes de Francisco de Quevedo y Villegas, sería a todas luces un excelente argumento cinematográfico. No en vano, nuestro protagonista nació en 1580, recién lograda la hasta entonces utópica unión ibérica, y expiró en 1645, tan sólo dos años después de la gran derrota de Rocroi y de la caída en desgracia de Olivares.
Hacer balance de su andadura vital nos robaría demasiadas líneas. Además, para cumplir con el objetivo propuesto, debemos prestar mayor atención a su pluma, a aquello que de Quevedo está presente en Pablos, su -podríamos decir- alter ego en El Buscón, a la postre única novela de este insigne madrileño.
Al hablar de Quevedo, debemos asumir que se trata de una de las figuras más complejas y contradictorias de la historia de las letras, un personaje que aún hoy despierta agrios debates entre los expertos y que personifica como nadie lo que fue el pensamiento barroco hispánico. A Quevedo se le han atribuido cuatro almas, dos personalidades enfrentadas…No cabe duda de que hablamos del mejor arquetipo barroco. Intransigente, solitario, extravagante y, a pesar de ello, el mejor símbolo de la grandeza hispánica en la decadencia.
Afirma Maurice Molho que El Buscón “es uno de los libros más resbaladizos de la cultura habsbúrgica y del que nadie puede sentirse seguro de haber producido una lectura coherente, exacta y definida”. Por afinidad como lector, comulgo plenamente con sus palabras. No en vano, la aseveración de Molho equivale a decir que la lectura del Buscón difícilmente despierta interpretaciones unánimes. En la contracción quevediana reside la clave ante tanto pensamiento encontrado. Las tesis interpretativas -como era de esperar- dan para aburrir. Las hay que se centran en atribuir a la obra la importancia de situarse en una posición contraria a “la falsificación de la verdad por el lenguaje”, es decir, de hacerlo como mero juego de ingenio basado en el papel de la palabra.
Otras, más trascendentales, otorgan al Buscón la capacidad, casi cabalística, de actuar como guía para la vida austera en base a la negación constante de todo lo bueno que puede albergar el hombre…No hay duda de que Quevedo imprimió su sello al Buscón. Una impronta, tan peculiar, que no hizo sino abrir brecha con respecto a la calidad del resto de obras con las que compartió el “cartel” de picaresco. A la hora de concebir El Buscón -afirma Lázaro Carreter-, Quevedo espoleó su ingenio a partir del uso mimético del lenguaje, a saber, de la palabra como bastión inexpugnable desde el cual construir el relato. La simplicidad narrativa que alcanza es, a todas luces, lo que hace del Buscón una obra maestra ya en el aspecto puramente literario. Pero, junto a la importancia del lenguaje, fue la experiencia vital del madrileño: agotadora, arriesgada y terriblemente dolorosa, lo que contribuyó a que -como apunta Américo Castro-, en El Buscón no exista resquicio para el idealismo.
Describiendo las hazañas de aquellos a los que el fango cubría, Quevedo nos muestra un mundo, el de la picaresca, nada idealizado. La magistral pluma quevediana retrata con acierto, no sólo a Pablos, sino también al ambiente social que le rodea…lo divino, lo humano, lo tabernario y, por qué no, lo sublime. En El Buscón queda de manifiesto la organización contradictoria del pensamiento de Quevedo, la abundancia de contrastes que emanaban de su ser.
Junto al papel del lenguaje, la carga moralizante que el madrileño inyectó a la obra no puede pasarnos desapercibida:

“…no quiero darte luz a más cosas; éstas bastan para saber que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las trampas...".

Con estas palabras, Pablos decide ir poniendo fin al relato de los aconteceres que dieron con sus huesos embarcándose hacia Indias, lugar donde esperaba huir definitivamente de los fantasmas que le atormentaban. Las cosas no le habían ido bien en Sevilla -última estancia peninsular en la que habitó- y, como no, la solución - de nuevo-, fue optar por el escapismo. Quevedo nos retrata un mundo que es hostil a gentes como Pablos, con aquellos a los que, sólo un milagro podía borrar de cuajo su procedencia, su linaje; su tormento.
El Buscón no nace, a nuestro juicio, como crítica abierta a la forma en que venía retratándose el fenómeno picaresco. Más certero resulta pensar que el madrileño, a golpe de ingenio, pretendió hacer lo propio con los acontecimientos que dieron con Pablos en dicho mundo, es decir, con la decadencia moral que en esos momentos venía floreciendo en España.
A todas luces, un análisis crítico de El Buscón debe encaminarse hacia esta línea. No en vano, Quevedo fue, sobre todo, símbolo de la grandeza de unos tiempos que, socialmente, se imbuían en la más absoluta de las decadencias.
No obstante, las líneas interpretativas siguen estando abiertas, algo que debe servirnos para confirmar que se trata de una de las obras más importantes de nuestra literatura. Y si de algo sirven las líneas trazadas, querido lector, que sea para adquirir una edición de la obra quevediana y disfrutar de las hazañas de Pablos, espejo de mendigos y rufianes, fiel representante de un mundo que fagocita a los desgraciados y los aleja de la mira de aquellos más aventurados.

viernes, 25 de julio de 2008

La alernativa picaresca. Un buscon llamado Pablos (II). Hacia Rocroi...

Es tradición apuntar que en el siglo XVI se dieron los suficientes aspectos de crecimiento múltiple como para hablar de una etapa de esplendor y que, en la centuria siguiente, el proceso se torció en base a crisis básicamente estructurales.
De “depresión dramática”, califica Bartolomé Benassar la situación en que se sumerge lo hispánico a partir, sobre todo, de la década de 1640. Acertadamente, muchos autores han ido a buscar las causas de este declive, precisamente, en los años de mayor crecimiento hipotético, es decir, cuando la coyuntura económica americana y el poderío militar español hacían todo menos presagiar lo que acabaría aconteciendo.
Tanto es así que José Antonio Maravall no duda al afirmar que el XVI fue “por extensión, un siglo utópico” en el que cohabitaron dos concepciones de una misma realidad: la crítica exacerbada, junto a la exaltación constante del progreso evidente que atravesaba lo hispánico.
Pese a todo, ya a finales de siglo, la agonía de lo hispánico comienza a hacerse evidente por mor de unos fracasos militares cada vez menos excepcionales. Muchas conciencias adelantadas despertaron entonces, asumiendo que las cosas no marchaban bien y haciendo públicas las que, a su juicio, debían ser las nuevas prioridades de la Monarquía. España debía despertar del sueño hipnótico del XVI, hacer balance y -apuntaban- enmendar en la medida de lo posible los errores cometidos. Mucho se ha escrito en cuanto a las posibles causas del declinar. No pocos fueron los contemporáneos que ejercieron de “doctores” y describieron la sintomatología y los posibles tratamientos con que combatir la crisis...sin embargo,pocos fueron escuchados.
Entre los historiadores, la tendencia más actual es la de valorar la crisis en base a modelos multicausales y, sobre todo, hacerlo desde prismas poco estudiados, a saber: aspectos sociales, culturales y literarios. A nuestro juicio, estas visiones no vienen a restar valor a las meramente estructurales, sino que las complementan. No en vano, en el camino que llevó al declive de lo hispánico, también debieron influir este tipo de factores y más cuando, a nivel estructural, el desfallecimiento vino a coincidir con el apogeo de lo que Maravall definió como “un concepto que se extiende en principio, a todas las manifestaciones que integran la cultura misma...": el barroco. Sin ser novedad, si resulta cuanto menos curioso que el fin de lo hispánico como entidad supranacional coincidiera con el momento de mayor exaltación cultural vivido en España desde el medievo, un auge que penetró en múltiples ámbitos de la época a los que, finalmente, acabó marcando con un carácter plenamente definitorio.
Como apuntábamos, no existe un único factor causal que explique la crisis. Fueron muchos, e interrelacionados, los elementos que ayudaron a debilitar un, hasta entonces, férreo marco general. Es entonces cuando la conexión entre el contexto histórico y el proceso cultural que acabó generando se convirtió en evidente.
La realidad social del momento nos demuestra que la contrariedad configuraba lo hispánico. Sin embargo, no fue éste un fenómeno exclusivamente hispánico. A juicio de Maravall, la mejor evidencia es que el Barroco, como tendencia cultural, también eclosionó en el resto de Europa, demostrando que la tendencia “era de crisis general, compartida por todos los países que tenían algo que decir en el mosaico europeo”. El problema es que era España quien mantenía entonces la posición preeminente en dicho mosaico. La caída con mayores consecuencias no podía ser otra que la del Imperio español.
En su afán por encajarlo todo cronológicamente, la historia se ha encargado de fijar la derrota de los tercios en Rocroi (1645) contra los franceses, como la prueba definitiva que evidenciaba el devenir decadente que venía sufriendo la hasta entonces grandeza hispánica. Pese a ello, el camino hacia dicho devenir comenzó a recorrerse mucho tiempo atrás, justo cuando las nuevas circunstancias que generó la también novedosa forma de macroestado dejaron de ser tenidas en cuenta…Cuando se impuso la forma al fondo; el continente al contenido. Bien es cierto que España sufrió derrotas bélicas apabullantes en el terreno militar. También lo son las continuas fluctuaciones en el precio del dinero, las malas cosechas o el despilfarro perpetrado por la Corona. Sin embargo, no por ello es gratuito prestar -al menos- la misma atención a las circunstancias socio-culturales, es decir, a cómo la sociedad vivió los efectos de esta decadencia y a cuáles fueron las manifestaciones culturales que generó.
En el trasfondo de todas las manifestaciones barrocas del XVII, el declinar de España en el mundo estuvo muy presente. Como veremos a continuación, la novela picaresca no renunció a describir de un modo particular las consecuencias sociales de este contexto crítico para España y no lo hizo por una razón simple: éstas ya venían minando conciencias mucho antes de que los tercios españoles cayeran en Rocroi...