martes, 29 de julio de 2008

"Padre, por qué nos temen". Claves de la leyenda negra antijesuítica (I)

Miedo: estado afectivo del que ve ante sí un peligro o ve en algo una causa posible de padecimiento.
En la España del setecientos, no fueron pocos los momentos en que este sentimiento -de por sí tan humano-, se adueñó tanto de aquellos con la capacidad para transformar las cosas, como de quienes, a fin de cuentas, sufrían con mayor intensidad sus efectos.
Hay mucho temor en las motivaciones profundas que impulsan al género humano y, de sus efectos, derivan consecuencias, que a la larga, nos sirven a los historiadores para rescatar del olvido cuestiones tan apasionantes como la que nos ocupará en las siguientes líneas.
Sin embargo, el problema surge al comprobar como el miedo es capaz de inspirar medidas tan poco justificadas como las que de forma oficial se pusieron en marcha en la mañana del dos de abril de 1767, y que supusieron el extrañamiento de todos los miembros de la Compañía de Jesús sitos en los dominios de Carlos III.
A lo largo de los siguientes párrafos, pretendemos analizar cómo se configuró el fenómeno antijesuítico y sobre todo, cuáles fueron las principales acusaciones con las que los enemigos de la Compañía contaron para convencer al monarca de lo necesario de proceder a su extrañamiento.
Para ello, prestaremos especial atención al Dictamen Fiscal de Campomanes, a fin de cuentas, el documento que acabó por inclinar la balanza en favor de los antijesuitas, auspiciando lo que Fernán Núñez, instruido por los jesuitas a expensas del Rey, definió como "la providencia más bien combinada, más uniforme y más secreta de cuantas España vio jamás"

lunes, 28 de julio de 2008

La alternativa picaresca. Un buscón llamado Pablos (III). Anatomía de un pícaro según Quevedo...

Describir el apogeo de lo hispánico y su posterior declive a través de las enormes lentes de Francisco de Quevedo y Villegas, sería a todas luces un excelente argumento cinematográfico. No en vano, nuestro protagonista nació en 1580, recién lograda la hasta entonces utópica unión ibérica, y expiró en 1645, tan sólo dos años después de la gran derrota de Rocroi y de la caída en desgracia de Olivares.
Hacer balance de su andadura vital nos robaría demasiadas líneas. Además, para cumplir con el objetivo propuesto, debemos prestar mayor atención a su pluma, a aquello que de Quevedo está presente en Pablos, su -podríamos decir- alter ego en El Buscón, a la postre única novela de este insigne madrileño.
Al hablar de Quevedo, debemos asumir que se trata de una de las figuras más complejas y contradictorias de la historia de las letras, un personaje que aún hoy despierta agrios debates entre los expertos y que personifica como nadie lo que fue el pensamiento barroco hispánico. A Quevedo se le han atribuido cuatro almas, dos personalidades enfrentadas…No cabe duda de que hablamos del mejor arquetipo barroco. Intransigente, solitario, extravagante y, a pesar de ello, el mejor símbolo de la grandeza hispánica en la decadencia.
Afirma Maurice Molho que El Buscón “es uno de los libros más resbaladizos de la cultura habsbúrgica y del que nadie puede sentirse seguro de haber producido una lectura coherente, exacta y definida”. Por afinidad como lector, comulgo plenamente con sus palabras. No en vano, la aseveración de Molho equivale a decir que la lectura del Buscón difícilmente despierta interpretaciones unánimes. En la contracción quevediana reside la clave ante tanto pensamiento encontrado. Las tesis interpretativas -como era de esperar- dan para aburrir. Las hay que se centran en atribuir a la obra la importancia de situarse en una posición contraria a “la falsificación de la verdad por el lenguaje”, es decir, de hacerlo como mero juego de ingenio basado en el papel de la palabra.
Otras, más trascendentales, otorgan al Buscón la capacidad, casi cabalística, de actuar como guía para la vida austera en base a la negación constante de todo lo bueno que puede albergar el hombre…No hay duda de que Quevedo imprimió su sello al Buscón. Una impronta, tan peculiar, que no hizo sino abrir brecha con respecto a la calidad del resto de obras con las que compartió el “cartel” de picaresco. A la hora de concebir El Buscón -afirma Lázaro Carreter-, Quevedo espoleó su ingenio a partir del uso mimético del lenguaje, a saber, de la palabra como bastión inexpugnable desde el cual construir el relato. La simplicidad narrativa que alcanza es, a todas luces, lo que hace del Buscón una obra maestra ya en el aspecto puramente literario. Pero, junto a la importancia del lenguaje, fue la experiencia vital del madrileño: agotadora, arriesgada y terriblemente dolorosa, lo que contribuyó a que -como apunta Américo Castro-, en El Buscón no exista resquicio para el idealismo.
Describiendo las hazañas de aquellos a los que el fango cubría, Quevedo nos muestra un mundo, el de la picaresca, nada idealizado. La magistral pluma quevediana retrata con acierto, no sólo a Pablos, sino también al ambiente social que le rodea…lo divino, lo humano, lo tabernario y, por qué no, lo sublime. En El Buscón queda de manifiesto la organización contradictoria del pensamiento de Quevedo, la abundancia de contrastes que emanaban de su ser.
Junto al papel del lenguaje, la carga moralizante que el madrileño inyectó a la obra no puede pasarnos desapercibida:

“…no quiero darte luz a más cosas; éstas bastan para saber que has de vivir con cautela, pues es cierto que son infinitas las trampas...".

Con estas palabras, Pablos decide ir poniendo fin al relato de los aconteceres que dieron con sus huesos embarcándose hacia Indias, lugar donde esperaba huir definitivamente de los fantasmas que le atormentaban. Las cosas no le habían ido bien en Sevilla -última estancia peninsular en la que habitó- y, como no, la solución - de nuevo-, fue optar por el escapismo. Quevedo nos retrata un mundo que es hostil a gentes como Pablos, con aquellos a los que, sólo un milagro podía borrar de cuajo su procedencia, su linaje; su tormento.
El Buscón no nace, a nuestro juicio, como crítica abierta a la forma en que venía retratándose el fenómeno picaresco. Más certero resulta pensar que el madrileño, a golpe de ingenio, pretendió hacer lo propio con los acontecimientos que dieron con Pablos en dicho mundo, es decir, con la decadencia moral que en esos momentos venía floreciendo en España.
A todas luces, un análisis crítico de El Buscón debe encaminarse hacia esta línea. No en vano, Quevedo fue, sobre todo, símbolo de la grandeza de unos tiempos que, socialmente, se imbuían en la más absoluta de las decadencias.
No obstante, las líneas interpretativas siguen estando abiertas, algo que debe servirnos para confirmar que se trata de una de las obras más importantes de nuestra literatura. Y si de algo sirven las líneas trazadas, querido lector, que sea para adquirir una edición de la obra quevediana y disfrutar de las hazañas de Pablos, espejo de mendigos y rufianes, fiel representante de un mundo que fagocita a los desgraciados y los aleja de la mira de aquellos más aventurados.

viernes, 25 de julio de 2008

La alernativa picaresca. Un buscon llamado Pablos (II). Hacia Rocroi...

Es tradición apuntar que en el siglo XVI se dieron los suficientes aspectos de crecimiento múltiple como para hablar de una etapa de esplendor y que, en la centuria siguiente, el proceso se torció en base a crisis básicamente estructurales.
De “depresión dramática”, califica Bartolomé Benassar la situación en que se sumerge lo hispánico a partir, sobre todo, de la década de 1640. Acertadamente, muchos autores han ido a buscar las causas de este declive, precisamente, en los años de mayor crecimiento hipotético, es decir, cuando la coyuntura económica americana y el poderío militar español hacían todo menos presagiar lo que acabaría aconteciendo.
Tanto es así que José Antonio Maravall no duda al afirmar que el XVI fue “por extensión, un siglo utópico” en el que cohabitaron dos concepciones de una misma realidad: la crítica exacerbada, junto a la exaltación constante del progreso evidente que atravesaba lo hispánico.
Pese a todo, ya a finales de siglo, la agonía de lo hispánico comienza a hacerse evidente por mor de unos fracasos militares cada vez menos excepcionales. Muchas conciencias adelantadas despertaron entonces, asumiendo que las cosas no marchaban bien y haciendo públicas las que, a su juicio, debían ser las nuevas prioridades de la Monarquía. España debía despertar del sueño hipnótico del XVI, hacer balance y -apuntaban- enmendar en la medida de lo posible los errores cometidos. Mucho se ha escrito en cuanto a las posibles causas del declinar. No pocos fueron los contemporáneos que ejercieron de “doctores” y describieron la sintomatología y los posibles tratamientos con que combatir la crisis...sin embargo,pocos fueron escuchados.
Entre los historiadores, la tendencia más actual es la de valorar la crisis en base a modelos multicausales y, sobre todo, hacerlo desde prismas poco estudiados, a saber: aspectos sociales, culturales y literarios. A nuestro juicio, estas visiones no vienen a restar valor a las meramente estructurales, sino que las complementan. No en vano, en el camino que llevó al declive de lo hispánico, también debieron influir este tipo de factores y más cuando, a nivel estructural, el desfallecimiento vino a coincidir con el apogeo de lo que Maravall definió como “un concepto que se extiende en principio, a todas las manifestaciones que integran la cultura misma...": el barroco. Sin ser novedad, si resulta cuanto menos curioso que el fin de lo hispánico como entidad supranacional coincidiera con el momento de mayor exaltación cultural vivido en España desde el medievo, un auge que penetró en múltiples ámbitos de la época a los que, finalmente, acabó marcando con un carácter plenamente definitorio.
Como apuntábamos, no existe un único factor causal que explique la crisis. Fueron muchos, e interrelacionados, los elementos que ayudaron a debilitar un, hasta entonces, férreo marco general. Es entonces cuando la conexión entre el contexto histórico y el proceso cultural que acabó generando se convirtió en evidente.
La realidad social del momento nos demuestra que la contrariedad configuraba lo hispánico. Sin embargo, no fue éste un fenómeno exclusivamente hispánico. A juicio de Maravall, la mejor evidencia es que el Barroco, como tendencia cultural, también eclosionó en el resto de Europa, demostrando que la tendencia “era de crisis general, compartida por todos los países que tenían algo que decir en el mosaico europeo”. El problema es que era España quien mantenía entonces la posición preeminente en dicho mosaico. La caída con mayores consecuencias no podía ser otra que la del Imperio español.
En su afán por encajarlo todo cronológicamente, la historia se ha encargado de fijar la derrota de los tercios en Rocroi (1645) contra los franceses, como la prueba definitiva que evidenciaba el devenir decadente que venía sufriendo la hasta entonces grandeza hispánica. Pese a ello, el camino hacia dicho devenir comenzó a recorrerse mucho tiempo atrás, justo cuando las nuevas circunstancias que generó la también novedosa forma de macroestado dejaron de ser tenidas en cuenta…Cuando se impuso la forma al fondo; el continente al contenido. Bien es cierto que España sufrió derrotas bélicas apabullantes en el terreno militar. También lo son las continuas fluctuaciones en el precio del dinero, las malas cosechas o el despilfarro perpetrado por la Corona. Sin embargo, no por ello es gratuito prestar -al menos- la misma atención a las circunstancias socio-culturales, es decir, a cómo la sociedad vivió los efectos de esta decadencia y a cuáles fueron las manifestaciones culturales que generó.
En el trasfondo de todas las manifestaciones barrocas del XVII, el declinar de España en el mundo estuvo muy presente. Como veremos a continuación, la novela picaresca no renunció a describir de un modo particular las consecuencias sociales de este contexto crítico para España y no lo hizo por una razón simple: éstas ya venían minando conciencias mucho antes de que los tercios españoles cayeran en Rocroi...

lunes, 21 de julio de 2008

La alternativa picaresca. Un buscón llamado Pablos (I)

No poco es lo escrito hasta la fecha en cuanto al origen, desarrollo y posterior declive de la literatura picaresca en España. Filólogos e historiadores de la literatura no han dudado a la hora de prestar atención a un género que, ya desde el siglo XIX, viene despertando interpretaciones y debates varios. Repasando la extensa bibliografía al respecto, uno no deja de sorprenderse ante debates, a priori tan banales, como los protagonizados por Alexander A. Parker, por un lado, y Bataillon o Nerlich -entre otros-, a propósito de la idoneidad, o no, de considerar el anónimo "Lazarillo de Tormes" como precursor o prototipo picaresco. Como Parker, nos inclinamos por la necesidad de quitar hierro al asunto, al no ir su trascendencia más allá de incluir la obra en un contexto histórico-cultural u otro y, en todo caso, al no restar ni un ápice del mérito literario que posee este tipo de relato tan característico de nuestro Siglo de Oro. En las siguientes líneas procuraremos alejarnos de las polémicas surgidas (qué otros se encarguen de resolverlas), para volcarnos en analizar la influencia que pudo tener el contexto histórico en la concepción del neonato picaresco. Para ello, prestaremos especial atención a la única novela que perpetró uno de los grandes genios de la literatura universal, Francisco de Quevedo y Villegas.
El hecho de haber elegido "El Buscón" como base para ejemplificar lo que vayamos comentando es única consecuencia del simple placer y la admiración que nos dispensó su lectura. De hecho, hacer lo propio con el "Guzmán de Alfarache" o, incluso, con "Estebanillo González", hubiera sido indiferente -aunque menos atractivo-, para desarrollar el propuesto que pasará a ocuparnos a continuación.
F. de Ayala calificó la obra de Quevedo como “la contemplación como espectáculo del mundo por dentro, la desvalorización definitiva e incondicional de la existencia”. En el Buscón todo es grotesco, deformando como base para negar la teoría que afirma que el hombre es bueno por naturaleza. Su lectura no deja indiferente. Además, a los historiadores nos permite acercarnos a las claves que propiciaron el declinar español del XVII.
El Buscón nos ahorra las dudas. Hubo algo más que crisis estructurales…hubo -sobre todo-, un trasfondo social debilitado que, la pluma de los avezados literatos del XVII -y de Quevedo en particular- se encargó de reflejar...

María de Zayas

Derruir una convención literaria no debía ser tarea fácil en un siglo como el XVII. Al fin y al cabo, el devenir de las mismas venía marcado por el contexto social del momento, un contexto que los literatos imbuían dentro de sus obras a través de la utilización de múltiples consabidos.
María de Zayas trató de romper con este equilibrio literario rehuyendo sistemáticamente de los convencionalismos de la época y rechazando lo que a todas luces era una evidencia: el predominio social del hombre sobre la mujer; una preeminencia que la novela breve amorosa (género que cobró especial relevancia en España entre 1620 y 1640 y -cuyo origen- se remonta incluso al periodo griego clásico), se encargó de hacer pública, eso sí, en forma de sátira, y en el que de Zayas alcanzó cotas de celebridad poco reconocida.
Era un tipo de literatura que, pese a lo que se pueda pensar, mostraba ciertas tendencias y aspiraciones de la época; aspiraciones con las que nuestra protagonista no parecía estar muy de acuerdo.
Llevar a cabo un estudio biográfico de la madrileña no debería ser arduo a juzgar por lo poco que de ella conocemos.
Nació en Madrid y, probablemente, desarrolló su actividad vital en la primera mitad del siglo XVII.
Comulgo con Alicia Yllera cuando afirma que el resto de informaciones barajadas acerca de su biografía se basan en conjeturas. Poco más podemos decir sin entrar en meras suposiciones. Es por ello por lo que vamos a obviar mucho de lo que de ella se ha escrito para centrarnos en aspectos puramente literarios.
Fue en Zaragoza y Barcelona donde María de Zayas publicó “Novelas ejemplares y amorosas” (1637) y “Desengaños amorosos” (1647), las dos partes en que dividió los veinte relatos que a la postre compondrían una de las obras cumbres de la novela breve amorosa del XVII español.
Pese a constituir hipotéticas partes de un mismo fondo, los Desengaños siguen una línea mucho más pesimista que su predecesora. Se han barajado varias opciones a la hora de explicar esto. Por lo que a nosotros respecta, nos inclinamos a afirmar que fue un probable revés amoroso, previo a la redacción de la obra, lo que acabó por traicionar a la autora y, por ende, a su pluma.
En los Desengaños, el final feliz que supondría el matrimonio entre los protagonistas, algo común en este tipo de novelas, se convierte en una utopía ya desde las primeras líneas. Sin embargo, para la madrileña, éste “no es trágico fin, sino el más feliz que se pudo dar, pues codiciosa y desecha de muchos, no se sujeto a ninguno”. Hay ciertos paralelismos entre María de Zayas y su alter ego en los Desengaños. Es por ello por lo que muchos autores han afirmado que la desaparición pública de María de Zayas tras la publicación de los Desengaños se debió a que, realmente, la autora quiso emular a la protagonista de su obra e ingresó en un convento.
Conjeturas al margen, tanto en las Novelas como en los Desengaños, el hilo argumental va a girar en torno al deseo de la autora de defender el buen nombre de las mujeres y de advertir a éstas de lo peligroso de “las armas de engaño masculinas”.
Comparto las opiniones que alaban la veracidad con la que de Zayas trató de contextualizar su obra. Para ello no dudó en situar a los personajes en un marco geográfico concreto y familiar para sus contemporáneos, así como en introducir como hilo conductor numerosas costumbres con arraigo en la época, o aludir sin cortapisas a personajes o acontecimientos históricos.
La obsesión por la veracidad era común entre los escritores de la época y María de Zayas no les fue a la zaga en este aspecto.
La forma en que la madrileña describe algunos de los estados anímicos por los que atraviesan sus personajes también debe ser digna de elogio. No obstante, de Zayas optó por un realismo en cierta medida novedoso ya que tendió a enarbolar lo extraordinario, tanto desde un punto de vista positivo, como extraño o desagradable. Para de Zayas todos los acontecimientos que modificaban estados de animo eran dignos de ser comentados, fuera cual fuera su naturaleza.
Esta es una de las claves que a la postre nos sirven para diferenciar a María de Zayas del resto de los autores que siguieron la línea realista y situarla como precedente, más o menos clarividente, del posterior movimiento romántico.
Otro quid mora en la tendencia aleccionadora que se desprende de su obra, propensión que se observa de forma más que evidente en los Desengaños.
El motor que mueve el mundo literario de María de Zayas es el amor, en cuya descripción no ahorra detalles. Destaca la forma en que narra los efectos causados por el amor, la resaca que éste deja en los cuerpos abandonados, y por ende, en las mentes perturbadas a su paso. Su secuela, arrolladora de por sí, deja aniquilados (sobre todo a nivel psicológico) a todos los protagonistas de sus novelas y en un nivel superior, a todos los que lo sufren. Por ello no duda en criticar la galantería, una fachada -la del galán- que, a su juicio, siempre busca la consecución del placer inmediato.
Lo ya comentado hasta ahora nos sugiere una pregunta: ¿Es María de Zayas una temprana defensora de las tesis feministas?
Por lo que hemos observado en las ediciones más actuales, no hay unanimidad respecto a esta cuestión. El siglo de oro de las artes españolas coincide con un periodo de crisis política y económica que la literatura también reflejó. Es por ello que no podemos contradecir las palabras de Pérez-Erdelyi cuando afirma que de Zayas “se anticipó a muchos objetivos de las feministas actuales; deseaba despertar la conciencia de la mujer para que viese como era retratada por la literatura”.
Fueron flacos los favores que la literatura del siglo de oro hizo a las intenciones de la madrileña, por lo que no resulta extraño que buena parte de sus contemporáneos, así como investigadores posteriores, hayan relegado su contribución literaria a un plano cuanto menos secundario. Sin embargo, utilizar el concepto "feminismo" para definir las intenciones de María de Zayas me parece cuanto menos arriesgado.
En primer lugar, el feminismo nació como movimiento con conciencia propia en el siglo XX, por lo que a nuestro juicio resulta tendencioso utilizar dicha terminología para definir las actuaciones personales de la madrileña. En segundo lugar, hay que señalar que la defensa que de Zayas lleva a cabo en su obra parte de presupuestos, sino conservadores, quizá demasiado ambiguos como para ser considerados como precedente feminista. Su deseo principal fue defender la honra social de las mujeres. María consideraba que los hombres eran los verdaderos causantes de la situación de éstas. Es por ello por lo que les va a acusar de denigrar sistemáticamente a las mismas y de negarles, por ejemplo, los beneficios de la cultura. Los hombres, considera, han afeminando más a las mujeres de lo que la naturaleza las afeminó, dándoles bondades en lugar de armas.
Hasta aquí podríamos decir que la postura de María de Zayas es novedosa. El problema surge cuando aborda el tema de la libertad de la mujer para elegir marido. Es entonces cuando la ambigüedad a la que antes aludíamos se hace indudable. María de Zayas no crítica, por ejemplo, los matrimonios concertados por conveniencia paterna. Era un mal menor frente a lo, a su juicio, verdaderamente terrible: el posterior abandono conyugal por parte del marido. Esta es una postura que a nuestro juicio no acaba de conectar con el resto de sus aportaciones, y que no nos permite apostar por de Zayas como precedente del posterior movimiento feminista.
Casualidad probable o justificada, fue que Pilar Oñate no incluyera a María de Zayas cuando abordó el tema del feminismo en la literatura española, algo que no debe hacernos olvidar el mérito que tuvo su obra a la hora de romper con los convencionalismos de la novela breve del XVII, ni la inmensa capacidad de la madrileña para construir, con gran habilidad y un estilo sencillo, grandes relatos en los que el fin del amor, de su fuerza irresistible, auspiciaba al fin de la esperanza, de la esperanza de que el engaño no estuviera detrás de todo lo realmente extraordinario, lo que a la postre se salía de los convencionalismos que nutrieron a la mayor parte de la literatura de nuestro Siglo de Oro.

miércoles, 21 de mayo de 2008

Risto Mejide, Soseky y la Guerra de las Galaxias.

No, no es cierto...
Ni es sábado, ni acabo de volver de fiesta.
No he llegado tambaleándome al ordenador, y botella de agua en mano, me he puesto a escribir lo primero que se me ha pasado por la cabeza. Más bien es miércoles, acabo de hacer un poco de deporte -viendo la soporífera final de la Champions League-, y he decidido escribir un rato antes de pasar factura a mis neuronas en cuanto a lo aprendido en el tropecientos día de estudio. Lo digo, básicamente, por el título del nuevo post con que la Langosta trata de sorprenderles. Y lo hago, irónicamente, para justificar una relación que, a prioristicamente hablando, pudiera ser improbable.
Anoche -lo confieso-, veía Operación Triunfo, concurso que representa como ninguno los valores de la sociedad española actual, y quedaba prendado de uno de los miembros del jurado, probablemente el más mentado, efectivamente; era Risto Mejide, publicista de profesión y actor en sus ratos libres. Viendo como rayaba los límites de la ética televisiva al referirse a muchos de los concursantes, pensé en lo habitual que es esto en el mundo periodístico. No en vano, y sin ir más lejos, Fernando Sánchez Dragó, en uno de los mejores blogs que malviven en la red, “Dragolandia”, lo mismo se dedica a predicar las excelencias de su gato Soseki, que a denigrar y repudiar a aquellos que, por ejemplo, osamos amar deportes como el fútbol por el simple hecho de no ser algo culturalmente elitista, ¡manda huevos! (como diría aquel).
Sin duda -pensé-, el mentado Mejide ha debido aprender mucho de la agresividad que impera en los medios a la hora de desarrollar su labor. !Incluso de Dragó parece haber aprendido!. Y sí no, cómo explican esos ataques repentinos de “amabilidad”, esos gestos tan “campechanos”, esa ironía descarnada... Si sólo le falta hablar de su perro, "pulgaski"... Qué tierno sería, ¿no?
Será la incertidumbre, probable ironía del destino, la que -una vez más- decida el devenir de tanto melodrama. Es como todo...Hace quince años, cuando vi por primera vez La Guerra de las Galaxias, sólo podía fijarme en los maravillosos efectos especiales con que contaba. A día de hoy, cuando vuelvo a recuperarla de mi filmoteca, sólo me dedico a leer entre líneas de guión, a explorar en las actuaciones, y en definitiva, a disfrutar de aquello que la película simbolizó, simboliza y simbolizará. El caso es que quien sabe mi querido lector...Algún día, quizá más pronto que tarde, Risto Mejide, Soseki y Sánchez Dragó logren despertar algo en mi ser, no sé, quizá ese "que se yo" que te descubre algo ajeno a la artificialidad que hoy día reina en cada uno de sus arbitrios...

Posdata. Qué no. Que tampoco he fumado nada...

Y bajo los adoquines, no había arena de playa…

Cuarenta años después, el recuerdo de aquel mayo francés sigue vigente para muchos; aquellos que se esfuerzan en la utopía de otro mundo posible; aquellos que -ideologías al margen-, han contribuido a configurar el heterogéneo planeta en que hoy habitamos...
Todo esto es muy bonito, no cabe duda, sin embargo, mi querido lector, conviene descender a la tierra y analizar los hechos tal y como acontecieron, y acontecen. No en vano, lo grandioso que tiene la historia es que, como ciencia imperfecta que es, aún es necesaria para conectar pasado y presente en un diálogo constante capaz de hacernos participes de aquello que fuimos y seremos en el futuro -y esperado- “mundo mejor”.
Aquel mayo estudiantil, los estudiantes parisinos, al igual que aquellos del “no a la guerra”, no buscaban sino debilitar las políticas imperantes. Esto, visto desde un punto de vista objetivo, puede resultar muy loable, no me cabe duda (¿o sí?). Sin embargo, si echamos una mirada a los acontecimientos recientes, observamos que poco queda de aquel espíritu del 68, o al menos en lo que a nuestro contexto universitario más próximo se refiere.
Los estudiantes, y yo el primero, bastante tenemos con la indiferencia del mundo laboral como para centrar la mirada en anhelos y aspiraciones utópicas. El mundo puede desmoronarse ante nuestros ojos, y mientras -como animal de costumbres-, el virus del miedo nos atenaza a su paso, convirtiéndonos en seres inertes, incapaces de mirar más allá del horizonte, el anhelado horizonte… ¿de que sirve trazar horizontes en un mundo sin esperanza? -dirán no pocos-.
Aquel mayo estudiantil, en una Francia lastrada por su pasado, no significo ningún hito que deba pasar al recuerdo de las generaciones venideras, o eso al menos es lo que pienso. Se aplaude más la forma que el fondo de aquel proceso. Ya pocos recuerdan su significado, si es que hubo algún significado inherente ante unos pocos meses de protestas escasamente organizados, tanto ideológica como culturalmente. Fueron muchos, cierto, y bien utilizados por las fuerzas de extrema izquierda, que también. Sin embargo, no nos engañemos, y tengamos un poco de memoria, sí bajo los adoquines hubo arena de playa en aquella calurosa primavera parisina -que lo dudo-, el viento maestral se encargó pronto de hacerla volar al baúl de aquel recuerdo inalcanzable que ya pocos se empeñan en anhelar...¿cabrá hacer algo al respecto, no?

Posdata. Una forma de declararse contrario al conformismo es declararse conformista, y combatir el mal desde dentro. Ánimo, y al toro...